Cultura Editorial

Apuntes sobre Reunión de trazos pendientes

El miércoles 21 de agosto se leyó este texto en la presentación del libro Reunión de trazos pendientes (Secretaría de Cultura de Coahuila, 2019), realizada en el Centro de las Letras Óscar Flores Tapia. 

 

El reciente poemario de Ángeles Dimas conjura la palabra desde distintas fuentes: el cuerpo, la enfermedad, la muerte, la conciencia. La primera luz, como una señal de alerta, que lanza el poema es su propio lenguaje. Hay una carga científica, una jerga docta que pareciera formar un discurso así, cerebral, exacto, pero que al final conmueve con el giro de sinceridad y emoción con el que cierran los versos. Así sucede desde el primero de diez apartados que conforman el libro, “hablando de retrasos todos olvidan que tienen piel”, donde la poeta nos dice: “tengo una imposible /imperforable / en menor medida / pero más bien castigada / por catéteres y agujas / una piel”.

El comienzo del poemario es misterioso por varios elementos. El primero es la voz, o las voces. ¿Quién habla? El poema inaugural aparece en primera persona, da la sensación de ser una declaración de principios. En la siguiente página aparece otro fragmento separado del anterior por un asterisco (como sucede en el resto del libro) y se habla en tercera persona: un hombre, un suicida. “De sus cabellos cabizbajos /extraen algunos soles /durante tanto tiempo /durante tanta gravedad”. En otros poemas se habla a un “tú” desconocido y se regresa a la voz poética “yo”. Además hay versos que intervienen en el discurso poético y que aparecen en cursivas, como si fuera otra voz más “¿puedes verme?”, pregunta. ¿De dónde viene? ¿Es, acaso, un pensamiento? Esta polifonía consolida las inquietudes planteadas durante el resto de la obra. Ya que la vida (y por supuesto también la muerte) no se contempla desde un solo momento o un solo protagonista.

El segundo elemento sorprendente del poemario es su sonido. Gran parte de las figuras retóricas son fonéticas. Ángeles Dimas tiene dos profesiones: médico y poeta. Las dos convergen a través de la palabra. La escritora tuvo la habilidad, que en teoría parece algo titánico, de crear una cadencia fluida, cantarina (diría el poeta López Velarde) con las palabras científicas, anatómicas, químicas. Disciplinas que proyectan, en su lenguaje, cierta frialdad, pero que en Reunión de trazos pendientes conforman un canto propio: “radarífero instinto de búsqueda / roedores somos / noctámbulos y sucios / ahora entra y escóndete aquí / quédate / grisáceo y muerto pero quédate”. También sorprende la capacidad de traernos desde lo algebraico y exacto, a lo humano y terrenal: “sólo es mi defensa /por decir algo que nunca antes había pensado /eso sería mirar un meteorito / o mis lágrimas”. La adjetivación, tan discutida y complicada, hace –como sucede en la poesía- que el lector rompa con los límites de su imaginación o los límites de la propia palabra. Así imaginamos una oscuridad “cálcica e innominada”, un “miedo arquimidesco”, “poliédricos monumentos a la inutilidad”, o un “amor larvario”.

La aliteración es una constante en el poemario. En esta figura se sostiene el habla con tintes excéntricos pero que no cae en barroquismos o banalidades. Por ejemplo cuando nos dice: “la exposición de posiciones múltiples en la cadera”, o “disolvente de sales /labiales y sudores” o en versos como estos: “estudio el dolor que irradia luz /el dolor tinta o la demencia de su nombre / el dolor que semeja la sed / que semeja la calma del hambre / el dolor o la falta de misericordia /se asemeja a la lucidez”.

Con este margen léxico, la poeta pone en el papel imágenes, situaciones y verdades fuertes, dolorosas, difíciles de asimilar. Su profesión de médico, imagino, la mantiene en constante relación con la muerte, con la condición orgánica de ser humano, el deterioro, los fluidos, el penar físico. Estas preocupaciones están latentes en el libro, pero sin convertirlo en un depósito de lágrimas o de catarsis pura. Ángeles Dimas, como una especie de alquimista lírica, transforma esas pesadas experiencias en una exposición creativa de motivos. Su manera de abordar la muerte en la poesía me recuerda a esa crudeza, melancolía y precisión que tienen los poetas médicos. Pienso en el saltillense Manuel Acuña y su poema “Ante un cadáver” o en William Carlos Williams y su poema “Asfodelo”, en el que se despide de la vida comparando su existencia con la sencillez de esa flor. Dimas expone: “ya no miras los reflejos porque has muerto / es la noche una madera vieja / y a propósito lo digo para que lo sepas / debes irte / estás sobre mí / descompuesto en tus colores / y vidas de humano / no volverán a pisar tus pies este mosaico”. En momentos también nos recuerda al rey poeta Nezahualcóyotl y su lamento por la fugacidad de la vida, cuando escribe: “somos un par de días /un eco de la tierra”.

En la antesala de la muerte, habita la enfermedad. Ángeles, experta en el oficio de curar, declara sobre ella: “no mira cuál es la mejor puerta / asoma una mano y estrangula cualquier flor /ahoga en ella todo el optimismo / o rasgadura firme”. En estos versos define el efecto de la enfermedad: es democrática, no discrimina, desoladora con todos por igual. Poco a poco rompe la esperanza. Luego con claridad responde que la enfermedad es “vivir para la crianza de hormigas en el vientre”. En uno de los últimos apartados apunta: “enfermedad: llaman así a esta expedición”. Esta palabra final da una vuelta de tuerca. Un sentido un tanto científico del término. ¿Es la enfermedad algo que habrá de explorarse? ¿Qué se encuentra uno en las tierras de la enfermedad? ¿Huesos? ¿Piel marchita? ¿Deseos interrumpidos? ¿Amores varados en alguna esquina de un pasado no muy remoto?

En medio de este laberinto de instantáneas, de muerte, de corporeidad, se habla también de la poesía. El lenguaje como símbolo o espíritu que está detrás de todas las cosas. Ese artefacto que convoca, declama, sentencia. Pero también es una acción que ha de estar atada al cuerpo. Ángeles, en su clamor armónico, expresa: “quisieras que alguna de esas cosas / fuera más real que este brazo unido /al hilo de sangre con que escribes”.  Reitera en la siguiente imagen: “las hilazas sanguinarias / en mi cuerpo / estrangulan la palabra”. En un verso más cuestiona: “¿en qué sitio descansará tu lengua?”. Hay una pregunta entre líneas: ¿morirá también la palabra? ¿Tiene cuerpo? ¿Se hace cadáver?

Reunión de trazos pendientes nos deja con esa atmósfera de desconcierto. Casi la misma sensación que brinda el último verso de un poema, cuando dice: “las propiedades de un muerto son”. Una frase que suena a puntos suspensivos pero que no los tiene, y es así, afirmativa, determinante, como la muerte. De alguna manera la poeta nos responde en uno de sus versos: “habrá de florecer un virus / sobre la papilar y perversa / sequía del lenguaje”.

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

Escritora egresada de la UA de C

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