Cultura Editorial

Bashō: El poeta que vio el rostro de Dios entre las flores

El poeta Matsuo Bashō definía su espíritu como algo parecido a un soplo de viento. Una “delicada pieza de tela” que a la más leve provocación de la brisa se alzaba por los aires. No pudo crear una mejor metáfora de su vida. Al paso de los años se dejó llevar por el mundo. En el Japón del siglo XVII, recorrió montañas, bosques y playas en busca de paisajes. Llevaba con él un diario para escribir poemas. Pronto supo que ese sería su destino: admirar una puesta de sol, viajar cientos de kilómetros para ver la luna desde la cumbre de un monte, presenciar de lejos el mar. Y poner todo en una de las expresiones más profundas que han aparecido en la literatura, el haiku. Esta composición lírica consistía en tres versos de cinco, siete y cinco sílabas. Generalmente presenta elementos asociados con la naturaleza, las estaciones del año o las emociones. A un amigo monje que lo visitó al norte de Oku, Bashō le dedicó lo siguiente:

Vienes a verme

y florece un ciruelo

en la arboleda

 Esta sencillez refleja el carácter del poeta, quien renunció a toda comodidad por andar los caminos en sus sandalias humildes. Le gustaba el buen comer y la bebida cuando disfrutaba de las veladas con sus amigos. Luego se iba a sus aposentos a escribir. Llamado originalmente Matsuo Munefusa, utilizó durante su vida tres seudónimos. Jesús Aguado apunta que el primero fue Tosei, “que significa melocotón verde y que se puso en homenaje al poeta chino Li Bai (que significa ciruela azul)”. El otro nombre fue Kukasai, que según el mismo crítico quiere decir “estudio sobre la mariposa” que es un guiño al cuento hermoso de Chuang Tzu (“Chuang Tzu soñó que era una mariposa y al despertar ignoraba si era Tzu que había soñado que era una mariposa o si era una mariposa que soñaba ser Tzu”). El último nombre, con el que firmó el resto de su vida, Bashō, significa “árbol bananero” porque uno de sus discípulos plantó uno afuera de su choza.

Existe una leyenda sobre el origen del estilo característico de Bashō. Se dice que fue con el siguiente haiku:

Sobre la rama marchita

se ha posado un cuervo

en un anochecer de otoño.

Algunos teóricos, como Donald Kenee, aseguran que el tono de la poesía de este autor, aunque bello, es impersonal. Pero quizá en esa aparente distancia está por detrás el poeta que evoca y es capaz de transmitir una profunda melancolía en una imagen breve y luminosa. Además tenía una noción sólida sobre los caminos de la poesía y el temple necesario para crear. En su diario apunta:

“Solo un bárbaro no vería una flor en todo, sólo un animal no soñaría siempre con la luna. La primera tarea para un aspirante a artista, por lo tanto, es superar ese estado de barbarie y de animalidad y hacerse uno con la naturaleza”.

A Bashō le intrigaban los poetas del pasado y trata de seguir sus caminos, recorrer lo ya por otros recorrido. Siente nostalgia al enterarse de que el estanque que inspiró a uno de sus autores admirados ya no existe. O que las rutas que llevan al mar están invadidas por negocios y paseantes incómodos. ¿Qué sentiría al ver que la ciudad ha borrado la naturaleza que tanto persiguió? Por todas las rutas, como sus antepasados, “dejó caer una palabra”. Fue “un monje sin hábitos”, como se proclamó él mismo. Tuvo tantos seguidores como versos escritos y su escuela floreció en Japón por muchos años, hasta que el arte del haiku se agotó. Su espíritu poético es tan fuerte que los poetas de hoy continúan dialogando con él. En sus poemas aún florecen los cerezos y se lamentan los caballos. Canta todavía el hombre que una vez alcanzó a decir:

Rostro de dios

al alba puedo verlo

entre las flores.

 

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

Escritora egresada de la UA de C

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