Editorial

Cárcel de Topo Chico: controlar lo incontrolable por Héctor de Mauleón.

Eran las 3:30 de la mañana. Las mujeres privadas de la libertad en el penal de Topo Chico, Nuevo León, el más peligroso de América Latina (http://eluni.mx/mpzzzpug), se despedían de la carcel que había sido su hogar hasta ese día.


Vestidas con uniforme naranja, acompañadas solo de una bolsa de plástico donde transportaban sus pertenencias, seguían indicaciones de los más de 400 elementos policiacos que eran parte del traslado masivo de cientos de personas privadas de la libertad. Era el primer paso de lo prometido por el gobierno estatal y federal: retomar el control de las cárceles de la entidad.
Topo Chico, un penal donde confluían hombres y mujeres, controlado por el grupo delictivo de los Zetas, sufriría esa madrugada, un viraje. 

El descontrolado bullicio de las cuatro paredes de la prisión, que albergaba más de 4 mil hombres y en el que, al margen de la ley —pues se prohíbe la existencia de penales mixtos—, habitaban cientos de mujeres, de las cuales alrededor de 60 tenían a sus hijos e hijas menores viviendo con ellas, contrastaba con el silencio impuesto por las autoridades que se decidieron a serlo, tras décadas de autogobierno, por parte de los internos.


El descontrol era tal, que los encargados del sistema penitenciario no tenían claridad del número de mujeres embarazadas, ni tenían mando sobre visitas conyugales o médicas.

Así como lo fuimos en el proceso de descomposición, Reinserta fue testigo del mayor traslado de internos, en la historia de Nuevo León. Acostumbrados a que los propios reclusos fueran quienes permitieran el acceso e impusieran sus reglas, lo primero desconcertante fue la sensación de control a manos de las autoridades.
Poco antes de la una de la mañana, custodios, Policía Federal y estatal, despertaron a las internas. Se uniformaron, empacaron dos cambios de ropa, tomaron artículos de higiene personal y salieron de sus celdas. No sabían que estaba pasando. Por seguridad no podían saberlo. 


Nuestra prioridad en en el traslado era asegurar la integridad de los menores y proteger a las mujeres embarazadas, quienes abandonarían el penal al final, solo antes de las internas con problemas psiquiátricos.


¿Cómo explicar a un niño de dos años, rodeado de hombres y mujeres armadas, vestidos de pies a cabeza de negro, portando pasamontañas, lo que sucede? ¿Cómo entender que tu vida, pañales, leche, mamilas y ropa, cabe en una bolsa de plástico? ¿Qué decirle a una pequeña de tres años cuyo sueño es alterado por gritos inesperados a la media noche? 
«Te pedimos que vengas con tu equipo para que hagamos con las mamás, sus hijos y las mujeres embarazadas, lo que consideren debe hacerse para realizar un traslado lo menos traumático posible», me dijo Eduardo Guerrero, penitenciarista contratado por el gobierno de Nuevo León. 
Reinserta se desplegó para ayudar a una población de por sí vulnerada. Mujeres con casi 40 semanas de embarazo; niñas y niños con quienes creamos juegos de fantasía sobre la misión de superhéroes que iban a vivir. 


Entre la pestilencia, la suciedad del lugar, y las ratas que corrían por el pasillo de la prisión, aún era difícil dimensionar el giro radical que tendría la vida de cientos de mujeres y decenas de menores: un penal con áreas exclusivas para mamás, con visitas médicas permitidas y controladas por las autoridades, guardería para los niños y áreas verdes para el desarrollo de los menores.

En este espacio señalamos la urgencia de intervenir Topo Chico. Ese penal aglutinaba la descomposición, ineficacia e indiferencia de las autoridades. El salto es extraordinario. Por primera vez se invitó a la sociedad a presenciar un traslado en el que era el penal más peligroso. No se disparó una bala. No hubo heridos. No hubo revuelta. No existió motín. 
México tiene mucho qué hacer en cuanto a la reclusión con perspectiva de genero. Los protocolos de seguridad en traslados, no contemplan a niños que nacen y viven en prision con sus mamás. Nuevo León dio un paso que no es menor. El resto de las entidades tendría que voltear la mirada hacia lo que se hizo y cómo se hizo. Si hace meses, eran ejemplo de lo que no debía replicarse, ahora han tomado el camino en sentido contrario.

No hay que cantar victoria aún, pero la ruta no solo es la correcta, es la humanamente digna.

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