Cultura Editorial

Carranza, a cien años del magnicidio.

 

Han transcurrido cien años del asesinato del presidente Venustiano Carranza. El hombre cuya determinación, tenacidad y sabiduría logró lo que parecía imposible: iniciar la conclusión de la Revolución, restaurar la legalidad, establecer principios claros de convivencia, regular la democracia y proponer políticas de largo alcance. Era un político, un caudillo, pero sobre todo, un auténtico estadista y un patriota convencido de transformar la realidad mexicana. En México tenemos personajes de los cuales considerar una cultura útil para la vida diaria y para la dirigencia en cualquier campo. Por citar a algunos que preserva la memoria colectiva: Hidalgo, Morelos, Juárez, Zaragoza, González Ortega, Madero y, desde luego Venustiano Carranza. Cada uno de ellos aportó su ingenio, valentía y determinación para alcanzar sus objetivos.

 

Venustiano Carranza constituye un caso especial. Profundo conocedor de la historia, su estatura intelectual le permitía ubicarse en el presente y afrontar la realidad. Muy joven, fue presidente municipal de Cuatro Ciénegas y enfrentó con las armas al gobernador Garza Galán quien intentaba reelegirse en el cargo, asunto común en el porfiriato.  Mediante el Plan de Guadalupe, proclamado el 26 de marzo de 1913, con motivo de la usurpación de la presidencia de la República por Victoriano Huerta y el asesinato de Madero y a Pino Suárez, creó el Ejército Constitucionalista del cual fue nombrado Primer Jefe; no siendo militar, comandó a militares de diverso rango. Conocedor profundo del alma humana, no usaba uniforme militar, su vestimenta “parecía militar”, pero no lo era. No portaba insignias de jefe, sólo un detalle: los botones metálicos de su casaca eran militares.

 

Astuto, sus lentes oscuros le servían para que los demás no penetraran en su pensamiento. Frecuentemente, al recibir a una persona, se sentaba de espaldas a la ventana, su interlocutor no lo veía plenamente por estar a contraluz, pero Carranza lo veía claramente y podía adivinar el carácter de quien estaba enfrente. Tenaz, a pesar de su edad, realizaba grandes recorridos en su caballo negro. Su estatura imponía, su seriedad le daba un aire de fortaleza y solemnidad; pocas son las fotos donde está en descanso; sabía el valor de los símbolos, y él eso era, un símbolo de certeza y claridad para definir el rumbo. No se dejó intimidar ni por los fieros revolucionarios, ni por los dirigentes de países poderosos; fue capaz de reclamar al presidente de Estados Unidos su intromisión en los asuntos nacionales; cuando este país le manifestó su inquina, invitó a una delegación alemana a visitar México. Francisco Murguía fue quien atendió a los enviados del Segundo Reich, se tomó fotos y las publicaron. Estados Unidos se alarmó y finalmente cedió y calmó sus afanes por violentar a Carranza.

 

En su período preconstitucional, Carranza se dio el lujo de publicar el periódico El Constitucionalista, más que periódico, en realidad era el Diario Oficial, en el que publicaba sus decretos y disposiciones. Sabía perfectamente que con la revolución se habían trastocado los principios y leyes de la Constitución de 1857, además era un objetivo impuesto desde el Plan de Guadalupe y las Adiciones al Plan de Guadalupe, por lo que en 1916, convocó al Congreso Constituyente a celebrarse en Querétaro, un lugar simbólico, pues ahí se proclamó la de 1857. Y, también la proclamó un día 5 de febrero. Su republicanismo era evidente.

 

Con sustento en la Constitución, lanzó su candidatura a la presidencia de la República y ganó. Como presidente, su política se caracterizó por iniciar la pacificación del país. Emprendió la reconstrucción de las infraestructuras devastadas por la guerra, promovió la reactivación de la economía e inició una reforma agraria. Además, a tono con su ideología republicana y federalista, inició el proceso de reconstruir la estructura de gobierno para eliminar el centralismo legado por el porfirismo.

 

Pero llegó el tiempo de elecciones. Álvaro Obregón y Pablo González se sentían con derecho a obtener la Presidencia. Carranza no deseaba apoyar a un militar, por lo que impulsó a un civil, Ignacio Bonillas. Disgustado, Obregón fraguó alianzas entre los antiguos seguidores del presidente, ahora en su contra. El detonante fue el Plan de Agua Prieta, en Sonora, proclamado el 23 de abril de 1920, por el gobernador de ese estado, Adolfo de la Huerta. Fue un llamado a las armas, un autentico “golpe de Estado”. No tardaron, el 7 de mayo entraron a la ciudad de México. Carranza Salió de la capital para refugiarse en Veracruz, como lo hizo en 1914, cuando la Convención Revolucionaria de Aguascalientes lo desconoció. Pero ahora fue diferente. Los rebeldes atacaron incesantemente al convoy donde el presidente viajaba. No lo dejaron en paz; lugar por lugar de la ruta, fueron mermando a sus defensores e incrustaron a un traidor, Rodolfo Herrero quien los condujo a Tlaxcalantongo, y estratégicamente, para no levantar sospechas, se retiró antes del anochecer. Pero más tarde, hizo que regresara su comando y en la madrugada del día 21 de mayo de 1920, perpetraron el magnicidio.

 

Tras el asesinato y la evidente usurpación del poder, revestido de legalidad, como sucedió con Madero, no hubo protestas, manifestaciones, menos levantamientos armados, como lo hizo Carranza en 1913. Era evidente, una nueva cultura se apoderaba de la nación; tal vez el cansancio de una guerra fratricida prolongada y cruel dejó sus estragos en la conciencia de los mexicanos; pasividad, conformismo, “dejar hacer”, “dejar pasar”. Fue evidente la falta de presencia de un hombre como Venustiano Carranza. Su patriotismo, determinación, firmeza de carácter, sabiduría, tenacidad no se asentaron en la mente de los ciudadanos. El conformismo parecía ser la nueva consigna de los mexicanos, aún cuando Obregón burló la Constitución ya que en 1923 autorizó los Tratados de Bucareli y en 1928, se reeligió, sacrificando así los principios constitucionales que creó Madero y que Carranza legalizó en el documento que rige la vida institucional, nacida en su ideario político. Hoy, a cien años de su muerte, el Gobierno del Estado de Coahuila, a través de la Secretaría de Cultura con atingencia y calidad, por medios virtuales, le rinde un justo homenaje al creador de principios, leyes e instituciones. Estamos convencidos de que el carrancismo es una ideología política que descansa en la legalidad.  Así es como debe ser la nación; la nación que Carranza soñó construir: una nación de leyes y principios. Es el momento y responsabilidad de cada ciudadano.

Saltillo, Coah., 21 de mayo de 2020.

 

 

Acerca del autor

Andrés Mendoza Salas

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