Editorial

Cuando la falta de agua causó 21 muertes en la Ciudad de México

Escrito por Redacción

EL UNIVERSAL

La mañana del primero de diciembre de 1922, hace 97 años, la Ciudad de México despertó con una nota roja en primera plana:
“La gran manifestación contra el Ayuntamiento terminó trágicamente, pues hubo numerosos muertos y heridos”. La tarde anterior, un grupo de manifestantes se reunió frente al Palacio Municipal de la Ciudad de México para protestar por las dos semanas que llevaban sin agua.


El conflicto inició la madrugada del martes 19 de noviembre cuando una compuerta de la planta de La Condesa no se levantó e hizo que las bombas hidráulicas inundaran la estación distribuidora, mojando los motores.


El agua era traída desde Xochimilco y el desperfecto impidió elevarla para abastecer a la ciudad. Como lo almacenado en los tanques no era suficiente, los capitalinos tuvieron que dosificar su acopio de agua entubada a dos horas por día, una en la mañana y otra en la tarde.


“En las colonias y por todos los rumbos de la ciudad eran de verse las caravanas de fámulas (empleadas domésticas) y mozos con baldes en la mano, que caminaban de un lado para otro en pos de agua, sin que la encontraran, a no ser en las fuentes públicas”, dice una noticia de 1922.


“Muchas personas se rehusaban a abastecerse del líquido que durante algunos días permanece estancado en las fuentes, pero al no encontrarlo en otras partes, al final de cuentas se resignaban a aceptarlo, no sin lanzar pestes contra el H. Ayuntamiento” se publicaba en una nota publicada en EL UNIVERSAL en noviembre de 1922.


Buena parte de la población aprovechaba los fines de semana para bañarse: “sabido es que la mayor parte de la clase media y baja del pueblo dedica los domingos a su aseo personal. Ayer, cuando centenares de personas se encontraban en los baños de la ciudad, el agua faltó de improviso, viéndose en apuros muchos bañistas para terminar su tarea”.


Las noticias de la época permiten deducir que las personas se bañaban, si bien les iba, sólo una vez a la semana. No era necesariamente un mal hábito, sino una condición socioeconómica de quienes al no tener baño en su casa, acudían a regaderas públicas, servicio por el cual había que pagar. Su economía no siempre les permitía ese “lujo”.


Mientras ingenieros y técnicos seguían con las pruebas para poner en movimiento los motores, las personas acarreaban agua estancada.


Por las calles y plazas desfilaba gente con cubetas, y no faltaba el que aprovechaba para hacer negocio del agua contaminada. “Pudo verse ayer al público que se arremolinaba con las tomas de agua que existen en las calles para abrirlas por la fuerza y conformarse con un poco de líquido sucio”, dice una noticia de la época.


Quienes sí recibieron apoyo fueron regidores y empleados del municipio. A ellos les enviaron pipas a pesar de la indignación de mujeres y niños que se acercaban a pedirles agua, pero recibían como respuesta que el vehículo iba destinado a alguien más.


“Hoy es el noveno día en que la ciudad carece de agua (…) alcanzó ayer elevado precio y por esta causa es que se ha restringido su uso grandemente en los hogares. Hubo personas que pagaron ayer la cantidad de cinco pesos por contar con el agua indispensable para su aseo personal” se leía en una nota de EL UNIVERSAL del 27 de noviembre de 1922.


En este punto, las personas pagaban altas sumas por algunos litros del líquido mientras las autoridades daban la orden de instalar dos bombas provisionales, aunque de baja potencia.


Los motores de la planta Condesa aún no se secaban. Uno de los planes del gobierno local era dividir la capital en cuarteles y llevar agua del Desierto de los Leones, a 30 kilómetros del centro de la ciudad. La gente salió a protestar.


En esa época ya se hablaba de “grupos de choque” en las marchas. El jefe de la policía se presentó con elementos a caballo para proteger a los manifestantes. Según una crónica publicada en este diario, corrían el riesgo de que trabajadores del Ayuntamiento fueran enviados a “fomentar algún desorden”.


Los manifestantes llegaron por las calles de Juárez y Madero. En la esquina del antiguo Salón Rojo algunos oradores (entre ellos varios periodistas) se reunieron para divulgar sus investigaciones.


Uno de ellos denunció que el gobierno local se negó a pagar 30 mil dólares para la compra de refacciones de las bombas. “Pero la voz del pueblo no le dejará tranquilo [al presidente municipal] y por todas partes se le señalará como un defraudador de los anhelos de la sociedad”, concluyó.


Desde las alturas, los Guardias de Corps (gendarmes del Ayuntamiento) vigilaban a los manifestantes. La primera gran marcha recorrió varias calles de la capital el 26 de noviembre y algunos contingentes se detuvieron frente a los periódicos de la época, donde aprovecharon el espacio para exigir la destitución del presidente municipal Alonzo Romero (apodado “Cielito Lindo”).


Días después, el jueves 30 de noviembre, ocurrió la segunda manifestación que terminó con 21 personas muertas y al menos 60 heridas. A las seis de la tarde los capitalinos se habían reunido frente al Ayuntamiento, pues aún no tenían agua y exigían la destitución de las autoridades.


Eran alrededor de 500. Algunos arrojaron piedras a los cristales del edificio. Los tranvías y autobuses que pasaban por ahí suspendieron temporalmente su servicio y los conductores se desviaron hacia otras rutas. Pronto inició un tiroteo contra los manifestantes.


“Unas versiones dicen que los primeros disparos se escucharon por las torres de la Catedral. Algunos otros aseguran que éstos partieron del Palacio Municipal (hoy Antiguo Ayuntamiento) y finalmente, otros dicen que entre los manifestantes se hizo uso de armas de fuego”, escribió un reportero de esta casa editorial.


Lejos de dispersar a la multitud, las ráfagas enardecieron a los asistentes quienes tomaron grandes maderos utilizados en una construcción cercana y con ellos abrieron los accesos al Palacio Municipal.


Detrás de la puerta esperaban soldados a caballo y guardias municipales que los recibieron a tiros. En media hora llegó una ambulancia de la Cruz Roja para llevarse a algunos heridos. Pero según testigos, minutos después se escuchó una descarga cerrada dentro del palacio municipal.


Así transcurrió al menos una hora. Los disparos herían a quienes iban pasando por ahí y aunque la multitud se dispersó, aún había contingentes dispuestos a entrar al Palacio.


Algunos lanzaron estopas encendidas, periódicos, prendas de vestir y maderos al edificio. “En el interior de la pieza no quedaba mueble; las alfombras se habían consumido. Las lenguas de fuego se asomaban al exterior por las ventanas y volvían a continuar su obra de destrucción”.


Las cruces Roja y Blanca levantaban a los muertos, los bomberos intentaban apagar el incendio con lo poco que tenían, la policía desalojaba a los trabajadores del ayuntamiento y los manifestantes se ocultaban donde podían, esquivando las balas de los guardias del Palacio Municipal.


Un periodista de la época lo plasmó así: “en la ciudad predominaba el temor, en los hospitales se oía el lamento de los heridos, las palabras de consuelo de las enfermeras y la afanosa respiración de los agonizantes. Y a pesar de todo eso, el pueblo no consiguió agua”.


Al día siguiente, una tercera manifestación se realizó en memoria de las personas asesinadas. Con ella exigieron la renuncia de las autoridades municipales. Los comerciantes de la zona temían más hechos violentos y muchos no abrieron sus locales.


El servicio se restablecía poco a poco gracias a bombas provisionales, con 600 litros de agua por segundo bombeados desde el Desierto de los Leones y de Chapultepec. Sin embargo, el líquido salió sucio y sólo pudo ser utilizado para lavar.
El Departamento de Obras Públicas pidió a la población no recoger agua de las tomas públicas con el fin de que llegara a las llaves de las plantas bajas.


Mientras tanto, los motores dañados de la planta de La Condesa continuaban húmedos y esperaban su reparación en las dos semanas siguientes. Para el sábado 2 de diciembre ya se bombeaban mil 200 litros por segundo y se podían llenar tinacos.


Los ingenieros calcularon que el servicio estaría restablecido para el 10 de diciembre. Mientras tanto, autoridades federales investigaban al Ayuntamiento de la capital para dar con los responsables de la tragedia.


“Hay el proyecto de crear una empresa que atienda a conciencia los servicios de agua y alumbrado. Se propone la creación de una empresa que cuente con un capital de 25 millones de pesos para atender al servicio particular de agua y alumbrado en esta metrópoli”, se leía en una nota de este diario el 10 de diciembre de 1922.


Poco a poco, el servicio se restableció en la capital. La escasez fue el negocio de ciudadanos que vendían agua sucia en los días de sequía, pero también quienes buscaban privatizar el líquido.

Acerca del autor

Redacción

Deja un comentario