Cultura Editorial

De cómo conocí el cuento más hermoso del mundo

 

Esta editorial se llama Espejo de tinta. El título lo tomé de un cuento de Jorge Luis Borges que lleva el mismo nombre. Me gustaron los símbolos planteados en la historia: un hechicero le suplica a un rey que le perdone la vida, a cambio le mostraría las maravillas más insólitas en un espejo de tinta dibujado en la palma de su mano. Desde ahí, el monarca podía ver cualquier cosa que le apeteciera en el mundo, caballos salvajes, mujeres hermosas, montañas, soldados. Pero un día aparece el Enmascarado, nadie conocía su identidad. Entonces el rey quiso ver la muerte y pidió que fuera la de aquel misterioso personaje. Pese a las súplicas del hechicero, su voluntad se cumplió, pero antes deseaba conocer el rostro del condenado. Cuando le quitaron la máscara se sorprendió al encontrarse a sí mismo. La tinta representa la escritura; el espejo, lo que la palabra nos muestra.

Borges, aunque es un escritor plenamente canónico, como lector parece que huía de los cánones. Buscaba salidas desde los márgenes de la literatura. Más que de sus contemporáneos, estuvo enamorado del oriente y sus Mil y una noches, de Buda, de los cantos nórdicos, de Virgilio y el pasado épico. Admiraba a Joseph Conrad y a Rudyard Kipling, dos autores entrañables que estuvieron por algún tiempo en el olvido. Ambos narradores fueron incluidos en un bellísimo libro titulado Cuentos memorables según Jorge Luis Borges, antología inspirada en un artículo del argentino publicado por la revista El hogar, en el que enumeraba los doce relatos “más memorables que había leído”.

Recuerdo con cariño cómo fui a dar con ese ejemplar. Fue en una feria del libro, hace más de una década. Yo era una estudiante muy joven y muy pobre. Hacía mis prácticas en un periódico local en el que sólo me pagaban de 150 o 200 pesos a la quincena para el transporte. La cifra es absolutamente ridícula, pero yo me iba a pie por las mañanas a la redacción y ahorraba el dinero. Ese día, en la feria, sólo traía 200 pesos y eso significaba que tal vez únicamente me alcanzaría para un libro. Duré horas pensando cuál elegir y al fin me decidí por el de los Cuentos memorables. Valió cada centavo, por supuesto. Ahí descubrí algunos tesoros como “La pata de mono” de William Wymark Jacobs o “Bola de Sebo” de Guy de Maupassant. En ese entonces mi favorito fue “El relato más hermoso del mundo” de Rudyard Kipling (el único autor que Borges repite dentro de su selección, puesto que de él nos mencionó dos textos, algo bastante significativo).

El nobel inglés nos cuenta la historia de un banquero con aspiraciones literarias. Era apenas un muchacho pretencioso, sin muchas lecturas y poco interesante, que pidió la ayuda de un escritor (quien narra los sucesos) porque tenía la intención de escribir el relato más hermoso del mundo. El joven como literato era malísimo, pero el escritor descubre que sabía algunas cosas muy detalladas y específicas sobre galeras, naves antiguas y griego clásico. El muchacho explicaba que eran sueños o cosas que imaginaba. No sabía de dónde salían, puesto que nunca había estudiado sobre ello. Kipling plantea el tema de la reencarnación y los recuerdos de vidas pasadas. Recordemos que nació en Bombay y por eso en su obra aparece la influencia de las culturas de la India. En el cuento hay un bengalí que le sugiere hacer “el espejo de tinta” en la palma de la mano, para “poder ver todo lo que el hombre puede ver”.

Entusiasmada, busqué ese espejo de tinta como método de adivinación oriental o algo similar. Pero, ¡oh ingenua! Caí en la trampa. Siempre me pasa. Las únicas referencias que encontré fueron los cuentos de Borges y Kipling, el primero obviamente inspirado en el segundo. Una de las lecciones de “El relato más hermoso del mundo” es que es imposible redactar una obra que en efecto sea “la más hermosa” y la otra lección (la misma que plantea Borges) es que tampoco se puede jugar con el destino.

Siento mucha empatía por los clásicos, en especial por Borges. Al igual que él, me maravilla infinitamente más la literatura del pasado que la de mis contemporáneos. Los poemas épicos, los pronunciamientos heroicos, los versos antiguos, los dolores y los amores de los que antes habitaron el mundo, me hacen sentir que tengo una historia, que provengo de alguna parte. Es una especie de compañía en esta realidad que habito, un sitio en el que no cuadro, donde me siento extraña y fuera de lugar. Muchas obras literarias de mis contemporáneos celebradas y aplaudidas pronuncian en mí esa sensación de lejanía. No porque sean malos libros, sólo que no compartimos el mismo espíritu. Pero con la literatura del pasado me siento como aquel emperador que podía ver el mundo en la palma de su mano, desde el mágico espejo de tinta.

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

Escritora egresada de la UA de C

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