Cultura

El Águila Shakespeare, por Miguel Ángel Gómez

El Águila Shakespeare influyó con puntualidad en otras águilas que deseaban encontrarse en semipenumbra. Se importó su vuelo en bosques umbríos. Guerras y oleadas de devastación. Águilas que se esconden debajo de un sofá ante los disparos dementes. Se forjó un nombre. Era grande, con garras enormes y fuertes. Más astuta que el resto, continúa su ascenso. Sus ojos brillan. Nunca quedó arrinconada, estaba en condiciones de soportar las malas rachas. Fue profética. En la recepción de la Torre de Hamlet todo está reconstruido. Los magos están hechos trizas. Las ciudades son grandes galaxias, nunca permanece callada. No temió los barrancos en la penumbra que traían cambios incesantes. No hipaba constantemente sin que nadie pudiera hacer nada por aliviarla.

Sus ojos no estaban secos. Su exclamación atrajo la atención de las demás. La vejez es como correr a través de vapor. El ardiente fantasma es pura casualidad. El misterio canta todavía y se siente mal. La realidad hace un ruido como de paloma. El águila de Avon recobra el aliento y vuelve a la carga. Lo que la perseguía no eran un par de ángeles pues no eran jóvenes y no tenían la piel rosada. ¿Tomas un trago en Grammar School? El águila dramaturga, sus tormentas mitigaron el calor. Chaberlain’s Men complace al buen patrón. En la corte escuchan inocentemente y parecen interesados. Tiene una bondad que ayuda. ¡Es más alta que ellos! Su piel es oscura como una tragedia. Los dramas no están condenados a desvanecerse.

El sueño de una noche de verano ejerce mayor atracción que un escenario. Deslumbrante como era, nunca común. No es un águila cobarde. Sus planes se pueden calificar de arriesgados. ¿Qué haces en 1600 volando por encima de las comedias oscuras? El crepúsculo es un vigilante nocturno. Águilas se deslizan por las calles en busca de leña para encender un fuego en el hogar. Águilas están fuera. El águila Sargento prevé que las águilas sin fuerzas se resignarán cada día a grandes empresas. Águilas bandoleras con ojos de águilas ya muertas. Águila Emperadora sin cubrirse la cabeza piensa en Siberia. ¡Qué perdidas están las águilas que miran sin orgullo! Águilas que temen en un pensamiento un “Nunca me he preocupado lo bastante”. ¿Las conoces? Águilas hermosas y torpes y bastan diez minutos a su lado para comprender el amor que te profesan. Águilas enfermas que destacan por su palidez, es de suponer que no nos escondan nada, ni los diarios, ni la ambición.

El águila Shakespeare posee un encanto considerable. “Nos lanza miradas oscuras como Otelo”. Invisible, platónica, hereditaria, trasmitida de águilas padre a águilas hijo, en su vuelo de navegación se pierde en su soledad. En cualquier mapa trazamos su rumbo. La ruta nos lleva al oeste, por encima de cumbres sin depósito de cadáveres, luego al sur siendo todo muy mecánico a pesar del pronóstico de los vientos a esa gran altitud. No podría hacer un retrato robot, pero diré que sus garras resuenan en los patios silenciosos. Me detengo, como es natural, en sus frases. La relectura no queda borrada ni aniquilada de una vez por todas. El águila Shakespeare pertenece a la eternidad. Otras águilas imitan sus vuelos nada simples, entre muertes esbeltas, quieren acariciar la esperanza de llegar más alto, pero esa suerte, a mi modo de ver, solo corresponde a águilas a las que los focos iluminan de pleno. Su fe en sí misma nunca flaqueó.

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