Cultura Editorial

El Ayatolá Jomeini en París

Escrito por Armando Guerra

En mi segundo año de estudios de francés en París, nos mandaban de la Sorbona a clases de fonética a una escuela de la misma universidad, la cual estaba ubicada exactamente al lado de Notre-Dame, sobre el lado izquierdo del Sena, o “Rive Gauche” como le dicen en francés a la orilla o rivera izquierda del río.


En esa academia nos enseñaban a pronunciar perfectamente las palabras francesas pues una misma palabra cambia de significados con el sólo y sutil sonido de una letra, que se distingue al poner, por ejemplo, en cierta forma los labios, para que la “v” de “voir” (ver) suene diferente a la “b” de “boir” (beber), cosas a las que los latinoamericanos no le ponemos atención, por lo general, en nuestro propio idioma. Eso nos lo enseñaban en la escuela de fonética.

Primero, muy amablemente, al no poder responder como esperaban, te apretaban las mejillas para que colocaras lo labios como se debía para pronunciar correctamente. Al final terminaban a cachetadas para que aprendieras. Claro que exagero pero estoy seguro de que a algunos maestros les hubiera encantado hacerlo.

En esa clase, hice amistad con un joven holandés que, a diferencia de mí, podía hablar inmediatamente y con toda corrección el francés. Se reía mucho de mi pronunciación pero la amistad se dio, y al terminar la clase los lunes, miércoles y viernes, nos íbamos a tomar un café a un restaurante en la esquina de la escuela, y de frente nos quedaba la maravillosa Notre- Dame, ahora lamentablemente en restauración.

Al platicar Holand, como le llamaba yo, conmigo, me enteré de que era hijo del corresponsal del periódico más importante de Holanda y de varias revistas. Luego tuve el gusto de conocer a sus papás y pasé dos navidades y años nuevos en su casa, a las afueras de París.

Su papá nos invitaba a muchas recepciones en las que asistían grandes personalidades y con él podíamos entrar a los eventos y a ruedas de prensa de figuras artísticas internacionales. Un día, mi amigo Holand me invitó a que fuéramos, al día siguiente, a un evento histórico, según me comentó, pues al salir huyendo el Sha de Irán, un personaje muy conocido en los medios políticos, un tal Ayatolá Jomeini, que estaba asilado en París, regresaría a Irán a tomar las riendas del país.

Yo, lo confieso, nunca había oído del Ayatolá Jomeini, pero sí del Sha de Irán, pues a Rita Heyworth, su exesposa, tuve la fortuna de conocerla y tratarla durante varios días en su casa de Los Angeles, pero eso será tema de otra columna. El caso es que sabía perfectamente del Sha pero no de Jomeini.

Al día siguiente nos vimos en el Boulevard de los Campos Elíseos, frente al famoso Arco del Triunfo, subí a su camioneta y salimos rumbo a una casona o pequeño castillo en el que el personaje al que veríamos dentro de poco estuvo asilado.

Llegamos y había una cantidad de prensa impresionante, no solo de Francia sino también cientos de corresponsales extranjeros de todas partes. El papá de mi amigo Holand tuvo unos pequeños problemas para que ingresáramos su hijo y yo, pero algunos francos arreglaban cualquier piedra en el camino.

Nos pusieron a todos los asistentes a unos 20 metros de donde estaba el tal Jomeini, sobre un tapete, orando en la forma en que lo hacen los musulmanes. Se veía un dulce hombre avejentado pero de buena vida. Se prohibieron las preguntas y solo se permitió que le tomaran fotos. Y ahí lo vimos, ya de pie, después de rezar, posando para la prensa mundial.
Parecía un buen hombre, dulce y tranquilo. Se despidió de todos los presentes con varias inclinaciones de cabeza y se dirigió a una camioneta que lo llevaría al aeropuerto Charles de Gaulle, y de ahí, directo a Irán.

Todo mundo comentaba, según escuchábamos, el bienestar que le llegaría a Irán después de tanta corrupción. Con el tiempo vimos la dulzura del Ayatolá Jomeini: sangre y represión.

Todo es cíclico, en cualquier parte del mundo, y los hechos se repiten, o al menos se parecen.

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Armando Guerra

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