jueves, junio 24, 2021
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El dedo de Kitty de Hoyos y los Voladores de Papantla

En 1967, la generación de Leyes a la que pertenezco se graduó, y lo fue haciendo poco a poco, pues por semana los alumnos fuimos presentando nuestro examen profesional, y según pasábamos dicha examinación nos íbamos graduando de abogados o licenciados en Derecho. En aquella época, con sólo decir «soy licenciado», quedaba claro que lo eras en Derecho. Ahora tienen que especificar qué clase de licenciados son, pues deben de existir unas cien carreras de licenciados, vaya usted a saber en qué.

Ese año, el grupo de amigos que nos reuníamos durante la carrera, decidimos participar en la Feria de Saltillo, que se celebraba cada año a mediados del mes de julio, en los terrenos que están junto a la Ciudad Deportiva, por el periférico Echeverría. Se nos ocurrió traer de la Ciudad de México unas figuras del Museo de Cera para montar un estand para exhibirlas. El boleto de entrada sería (y fue) barato, para que pudiera entrar cualquier persona a admirar esas figuras que se exhibirían por primera vez en Saltillo.

Hicimos los trámites para separar el estand después de haber ido a la Ciudad de México y seleccionar las figuras que pensamos serían las más atractivas. Sólo pudimos traer 12 figuras, pues el costo del alquiler (por 15 días), del transporte (de ida y vuelta), y del seguro, nos resultó bastante oneroso, recuérdese que éramos un grupo de siete abogados nonatos, pero llegamos a un acuerdo con el dueño del museo de cera de irle depositando cada día, de las recaudaciones.

Las figuras que seleccionamos fueron: Kitty de Hoyos, hincada y semidesnuda (mostraba los senos); el Papa Pío XII, en una silla monumental, dando la bendición con el brazo levantado; el monstruo de Frankenstein, una figura que me aterraba pues los brazos se le movían a la menor provocación, y causó varios sustos durante la exhibición (entre otras personas a mí, a diario, al revisar el estand para cerrar); Jorge Negrete; un cuadro o estampa de una mujer muriendo sobre una cama, se llamaba «La Peste». En fin, de esas pocas son de las que me acuerdo.

El estand lo montamos en forma de U. Se entraba por una puerta y comenzaba el pequeño recorrido; cada figura se encontraba en su propio espacio, y estaban cinco o seis figuras antes de llegar a la curva, y ahí, en donde se daba la vuelta, estaba Frankenstein. Por los gritos sabíamos que el público iba a entrar al pasillo de regreso, en donde estaban las restantes. La puerta de salida estaba al lado de la de entrada.

El primer día, poco después de la inauguración, tuvimos la sagrada visita de las autoridades eclesiásticas, que según ellos iban a ver a Pío XII, pero salieron escandalizados al ver a Kitty de Hoyos semidesnuda, y se quejaron con los miembros del patronato de la feria, quienes nos pidieron, para evitar problemas de ataques diciendo que exhibíamos figuras pornográficas —aparte de la figura de Pío XII, yo no veía otra figura que atacara el pudor del público—, que cubriéramos de alguna manera la figura de Kitty de Hoyos, así que decidimos ponerle un velo, semitransparente, que iba de una mano a la otra de la figura. Era como tener nuestra propia Diana Cazadora.

El estand fue todo un éxito. El último domingo, 22 de julio de ese 1967, el gran espectáculo que se presentó frente al Teatro del Pueblo fue el de los Voladores de Papantla. Obviamente, todo el público estaba ahí, a la espera y en el inicio de ese espectáculo, y los del estand nos sorteamos para ver quién se quedaba cuidando el espacio y las figuras de cera. Yo perdí, y los demás se fueron al lugar en donde estaban preparándose los voladores para iniciar su presentación. Nadie entró al estand en ese tiempo. Estaba yo solo, acompañado de Frankenstein, Kitty de Hoyos y su velo, el Papa y la moribunda en la cama…

La ceremonia para que los voladores subieran al palo y se lanzaran de cabeza para descender dando vueltas, amarrados de los tobillos, se me hizo eterna. Yo veía desde la puerta del estand. Finalmente llegaron a la cima del palo. El jefe del grupo tocaba un tamborcillo sentado en lo más alto. Cuando se lanzaron hacia atrás, vi que las cuerdas se desenrollaron de golpe y los voladores cayeron a plomo. Pensé: «Otra vez volverán a subir lentamente y no dejarán que público venga a ver las figuras de cera». Entonces vi que pasaban personas asustadas y otras llorando. Decidí cerrar con candado el estand y fui a ver qué sucedía.

Al llegar al lugar del malhadado espectáculo vi que estaban los cuatro voladores tirados en el piso y sólo uno se movía y quejaba. El jefe del grupo estaba bajando del palo. Y vi a mi amigo Jorge Fuentes, médico, asistiendo al que se movía y a un sacerdote dándole la extremaunción a los otros tres, que habían muerto al caer. Y otro gran amigo, Javier Villarreal Lozano (q.e.p.d.), periodista en ese tiempo, tomó una fotografía del momento de la caída.

Todos estábamos impresionados. Una vez que se llevaron a los voladores en las ambulancias de la Cruz Roja, los amigos y socios del estand, tristes e impactados, volvimos al puesto de exposición. Ya había cola para entrar, y como era el último día de la feria, la gente abarrotó nuestro negocio.

Más tarde llegó el dueño del museo de cera, y al cerrar se puso a revisar las figuras para embalarlas y regresarlas esa misma noche a México. Al llegar a Kitty de Hoyos, le explicamos lo del velo censor, y al quitarlo, ¡oh, sorpresa!, le faltaba el dedo meñique de la mano derecha. De inmediato se puso en marcha la búsqueda y rescate del dedo de Kitty de Hoyos, pero fue infructuoso. No encontramos el dichoso dedo de aquella figura que atrajo más que Pío XII y Jorge Negrete juntos. Entonces iniciamos la discusión del costo del dedo de Kitty, pero las figuras estaban aseguradas, y el dueño, finalmente, aceptó que no era difícil reponerle el dedito a Kitty, y además nos acompañó al Teatro del Pueblo a recibir el reconocimiento del Estand Más Visitado de la Feria.

Al día siguiente de la muerte de los danzantes, en una fábrica de Saltillo, un líder del sindicato reunió a los trabajadores y les pidió una cooperación para regresar los cadáveres de los voladores a Papantla, para mostrar que Saltillo era generoso. Un trabajador, ya con bastante edad, se levantó muy enojado y se opuso a ese acto, y dijo: «Aquí en esta fábrica nos explotan, nos pagan mal, y ahora nos piden dinero para los violadores de la planta». Se le tuvo que explicar el malentendido. Y se logró hacer la colecta.