Cultura Editorial

El egipcio solitario

Hace unos días visité la biblioteca del Ateneo Fuente. Estudié la preparatoria en ese edificio que a todos nos impresionaba tanto. Pasillos amplios y de otra época, jardines, árboles. Pero la biblioteca era especial. En estas fechas cumplirá 125 años. Aunque ha cambiado de locación junto con la escuela de bachilleres, conserva ese halo misterioso que guardan los recintos de libros. Tiene unos ventanales amplios y estantes de madera que dan la impresión de crecer hasta el techo, cargados de volúmenes antiguos. Antes conservaba unas mesas largas, también de madera, donde hacíamos la tarea o platicábamos de todo un poco. Tengo muchos recuerdos de ese lugar, pero uno de los que más me conmueve tiene que ver con la novela que me dejó claro (con todo y lo cursi que se escuche) que yo sería una lectora siempre. Estoy hablando de Sinhué el egipcio de Mika Waltari.

Mi mamá llegó a la casa con ese libro cuando yo era niña. Lo leía con mucho interés en las noches y me compartía algunos fragmentos, como la primera vez que Sinhué vio una gallina o hizo una trepanación. Con el tiempo me olvidé de la historia hasta que un día tomé el ejemplar. Era el fin de las vacaciones de Semana Santa y pronto regresaría a la escuela. Abrí el libro y quise a Sinhué desde las primeras líneas. La obra comienza con el final: nuestro personaje, desterrado y solo, escribe sus memorias. Pero no escribe para los faraones ni para los dioses, que tantas pruebas le impusieron en la dolorosa vida. “Es, pues, para mí solo para quien escribo, y sobre este punto creo diferenciarme de todos los escritores pasados o futuros”, proclama.

La novela relata la vida de este hombre, que como Moisés, fue abandonado en una cesta y criado por una familia de buen corazón. Era la época del polémico faraón Akenatón, conocido por imponer una religión monoteísta al asegurar que el dios Atón le hablaba. Sinhué, que sospechosamente tiene rasgos nobles, se convierte en uno de los médicos más afamados del antiguo mundo. Son muchas sus aventuras y penas. Con la narración de Waltari, sentí que de verdad caminaba por las calles de Tebas y cuando cerraba el libro volvía a mi recámara o a la biblioteca del Ateneo.

Como personaje, Sinhué me gustaba porque era cercano a mí. Se hacía apodar “El solitario”, porque era un hombre de pocas personas. Aunque era muy popular en Egipto y los reyes y sabios solicitaban su compañía, Sinhué siempre estaba solo porque no sabía quién era, ni de dónde venía. Sólo tenía dos amigos, que van muriendo con los años, y sólo se enamoró de verdad una vez, pero también perdió a esa mujer. Es a través de la escritura como él se encuentra a sí mismo y se acompaña. La gran lección de Sinhué: Abandonado en una isla, aparentemente más solo que nunca, es su momento menos solitario porque tiene con él a la palabra.

Cuando leí Sinhué yo tenía 16 años y cómo él tenía la sensación (como le pasa a los adolescentes, creo), de que no había un espacio para mí en el mundo. Aunque no la pasaba mal en la escuela, no terminaba de hallarme allí y me sentía fuera de lugar casi todo el tiempo. Crecí como hija única y aprendí a hacer en solitario muchas cosas de la vida, como Sinhué. La noche en que terminé el libro lloré casi dramáticamente. Transcribo las últimas líneas:

“Porque yo, Sinuhé, soy un hombre y como tal he vivido en todos los que han existido antes que yo y viviré en todos los que existan después de mí. Viviré en las risas y en las lágrimas de los hombres, en sus pesares y sus temores, en su bondad y su maldad, en su debilidad y su fuerza. Como hombre, viviré eternamente en el hombre y por esta razón no necesito ofrendas sobre mi tumba ni inmortalidad para mi nombre. He aquí lo que ha escrito Sinuhé el egipcio, que vivió solitario todos los días de su vida”.

Para los egipcios era muy importante la muerte. Ahorraban toda su vida para que la tumba fuera digna y los rituales certeros, porque pensaban en el regreso físico. Son la cultura de la permanencia, por eso miles de años después siguen de pie las pirámides e intactos los cuerpo momificados. Que Sinhué haya renunciado a esa idea y trasladara su inmortalidad al propio transcurrir humano me pareció muy bello. Quería que en mi vida existieran esas catarsis, esas revelaciones que ofrece la literatura.

Este semestre, curiosamente, imparto una signatura de literatura de la antigüedad. Los egipcios fueron pioneros en el relato fantástico y también en la rebeldía. Hay un poema famoso, encontrado en una inscripción que ha pasado a la historia como “La canción del arpista”. Es una ideología contraria a la que se tenía en su tiempo. Como indica Oscar Oliva, es una obra que “en vez de poner sus esperanzas en una vida ultraterrena, hace oír vigorosamente esta exhortación: Nuestros propios asuntos aquí en la tierra”. Sinhué estaría de acuerdo con los versos que nos invitan a no ignorar la vida. Milenios más tarde, no ha cesado la música del poema:

 

Ninguno vuelve de allá abajo que nos cuente cuál es su suerte, que nos cuente lo que necesitan, y tranquilice nuestro corazón hasta que nosotros lleguemos a ese lugar donde ellos ya han llegado.
Que tu corazón, pues se apacigüe. El olvido te es favorable.
Obedece a tu espíritu por tanto tiempo como te sea posible.
Unge tu frente con mirra, vístete con lino fino, perfúmate con las maravillas verdaderas que forman parte de la ofrenda divina.
Aumenta tu contento para que tu corazón no languidezca.
Sigue tu deseo y tu felicidad, colma tu destino sobre la tierra.
No expongas tu corazón a la inquietud hasta el día en que te alcance la lamentación fúnebre.
Aquel cuyo corazón está hastiado no oye su grito. Y su grito no salva a nadie de la tumba.
Haz, pues, del día una fiesta, y no te sientas harto.
Mira, nadie lleva consigo sus bienes.

Mira, ninguno vuelve de los que se han ido.

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

Escritora egresada de la UA de C

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