Editorial

El Estado educador.

El Estado educador inició en 1921, con la creación de la Secretaría de Educación Pública durante el período presidencial de Álvaro Obregón (1920-1924). Obregón   fue el artífice del obregonato, un caudillismo de línea dura que no dudó en complacer al gobierno de Estados Unidos en firmar los Tratados de Bucareli, por los que se les permitiría continuaran la explotación del petróleo, el mantenimiento de las escuelas particulares y otras canonjías, para poder ser reconocido por ese gobierno; además, la flagrante violación al principio de Sufragio Efectivo y no Reelección, pues se reeligió en 1928, para disgusto de su otro cómplice, el entonces presidente Plutarco Elías Calles. Socarrón y con privilegiada memoria, se creía socialista por el solo hecho de señalar que capital y trabajo son compatibles. Inició un proyecto de gobierno para revertir el federalismo de Venustiano Carranza. El obregonato constituía un sistema autocrático de gobierno disfrazado de democracia.

En el terreno educativo resultaba imprescindible controlar el aparato ideológico de los mexicanos, la educación. Para lograrlo invitó a José Vasconcelos quien presumía de poseer  la aureola del maderismo y, lo adecuado para el obregonato, su encono contra el carrancismo. Vasconcelos se formó con Justo Sierra y compartió las tendencias humanistas del grupo llamado “Ateneo de la Juventud” que pugnaba por eliminar la influencia del positivismo. 

En 1921 Obregón creó la Secretaría de Educación con un sentido eminentemente organicista y centralista, al estilo del porfiriato. Dado el caos en que vivía la nación tras el artero asesinato del presidente Carranza, era preciso convencer que nuevos tiempos venían; Carranza, en su proyecto federalista había desmantelado la estructura de gobierno de Díaz para emprender una descentralización a fondo. Obregón consideraba imprescindible reconstruir el sistema educativo, por lo que solicitó propuestas. Una de ellas la presentó el maestro Ezequiel A. Chávez, pero estaba totalmente ajena a su proyecto corporativo; fue rechazada la propuesta, dado que establecía que los estados serían subsecretarías con amplias facultades que alimentarían a la Secretaría ubicada en la capital del país. José Vasconcelos presentó el proyecto acertado, pues respondía cabalmente al del régimen: Crear un organismo fuerte, regulador, autoritario y poseedor de la llave del pensamiento de los mexicanos.

El trayecto para la construcción de Secretaría de Educación Pública no fue fácil. Con apoyo del Congreso logró reunir el consenso de 16 estados. Suficiente si consideramos que el trabajo de convencimiento se había logrado en la mayoría del Senado y la Cámara de Diputados. De hecho, al servicio del Presidente. El 8 de agosto de 1921 fue publicado el Decreto por el que se reformaba el Artículo 14 transitorio y la Fracción XXVII del Artículo 73º de la Constitución que abría la puerta para la creación de la Secretaría de Educación Pública: “La federación tendrá jurisdicción  sobre los planteles que ella establezca, sostenga y organice, sin menoscabo de la libertad que tienen los estados para legislar sobre el mismo ramo educacional.” En la práctica, fue necesario realizar convenios con los estados para absorber la educación que estaba en manos de los municipios. En algunos casos fue tomada por la fuerza, característica común del obregonato, a la que no era ajeno el nuevo titular de educación. La SEP acordó contratos con varios estados, por vía de los cuales se les otorgaría un subsidio económico con la condición de trasladar los servicios educativos a la federación. 

Para el 29 de septiembre fue firmado el Decreto que creaba el nuevo organismo y el 12 de octubre  se entregó el nombramiento a Vasconcelos. Su sueño se había realizado. Meses después, el 9 de julio de 1922 fue inaugurado el edificio de la Secretaría. En el acto, presidido por el presidente Obregón, Vasconcelos en su discurso, después de la crítica de rigor a Carranza, a quien comparó con Porfirio Díaz, delineó la política educativa del régimen, que en el fondo constituía su propia doctrina. Sutilezas ideológicas y filosóficas que poco comprendía el presidente, pero poco importaba. Señalaba con vehemencia Vasconcelos: 

“… En cuatro siglos de encogimiento y de mutismo, la raza se ha hecho  triste de tanto refrenarse y de tanto cavilar, y ahora se suelta a las empresas locas de la acción que es dolor o contento, victoria o yerro, pero siempre gloria. Hay un ritmo de danza en el tiempo, como si la era del baile se anunciara; la humanidad pugna por ser libre, tan libre y feliz como es el alma…” (Taracena, Alfonso, José Vasconcelos, Colección Sepan Cuántos, Editorial Porrúa)

En los linderos del mesianismo, al que era proclive, necesitamos -decía- “Salas muy amplias para discurrir libremente y techos muy altos para que las ideas pudieran expandirse sin estorbos.” Su divisa, nada sencilla, consistía en rescatar el pensamiento americano de la nueva raza. Señalaba con fuerza: “hay que limpiar, sobre todo, las conciencias.” (Taracena, Alfonso, ibid.). Así inició su tarea que lo llevó a organizar  una extensa campaña de alfabetización, lo mismo en el medio urbano que en el rural. Creó escuelas en los sectores marginados; estableció una amplia red de bibliotecas; editó libros en una masificación sin precedentes. Todo lo necesario para abatir el analfabetismo que a esa fecha alcanzaba niveles alarmantes; además, y sobre todo, construir una nueva conciencia nacionalista.

Pero la acción transformadora no sólo comprendía estos aspectos, implicaba, además, la promoción de las artes, para integrar armónicamente alma y cuerpo. El concepto de cultura abarcó todos los tonos y matices, desde lo académico, hasta lo popular. La campaña editorial, la más criticada, curiosamente respondía a criterios derivados de las doctrinas socialistas y no espiritualistas, propias de la época propuestas por Henry Bergson, como lo señalaban sus críticos. Él seguía su camino de contradicciones ideológicas al afirmar, sustentado en la “Razón vital”, propia del vitalismo francés: la virtud -el bien- es bello y por lo mismo el cultivo de la mente y el cuerpo darán certeza a nuestra conciencia para contrarrestar la irrupción del aparato cultural de los Estados Unidos de Norteamérica. Apoyado en sus ideas filosóficas y movido por la pasión personal que delataba un vivo amor por la libertad, fue capaz de organizar grandes demostraciones de danza y deporte con miles de niños y jóvenes en la inauguración del Estadio Nacional que debió impresionar vivamente al presidente Álvaro Obregón. No cabe duda, el corporativismo empezaba a mostrar sus virtudes. 

Su obsesión por inculcar un nacionalismo fuerte lo hizo aprovechar fechas importantes del calendario cívico para organizar eventos masivos. Reunió a 15, 000 estudiantes de primaria para que en ceremonia conmemorativa del 110 aniversario de la consumación de Independencia, juraran Bandera y cantaran el Himno Nacional, acompañados por tres bandas de música integradas por 600 elementos. Aquí el juramento:

“¡Bandera! ¡Bandera tricolor! ¡Bandera de México! Te ofrecemos con toda el alma procurar la unión y la concordia entre nuestros hermanos los mexicanos, luchar hasta destruir el analfabetismo y estar siempre unidos en torno tuyo, como símbolo que eres de la patria, para que México obtenga perpetuamente la libertad y la victoria.” (Meneses Morales, Ernesto, et.al., Tendencias Educativas Oficiales en México 1911-1934, Centro de Estudios Educativos, A. C.)

Para Vasconcelos el Estado Educador era el único que podía cumplir la misión histórica de formar virtudes morales y cívicas. Alfabetizar, educar, instruir eran la misma cosa. Los analfabetas detenían el progreso del país, por eso se debía iniciar una Cruzada Nacional para acabar con ese lastre, pero no bastaba alfabetizar, resultaba vital que se inculcara: “veneración por la virtud, gusto por la belleza y esperanza de sus propias almas” (Loyo Engracia, José Vasconcelos, Gobiernos revolucionarios y educación popular en México). Vasconcelos presumía de maderista, lo que era relativamente cierto, y de muchas otras hazañas en favor de la Revolución, también relativamente ciertas. En cuanto a su campaña alfabetizadora fue de mucho ruido y se gastó más papel que los analfabetas orientados y rescatados hacia el camino del bien y de la virtud. La crítica sobre la estrategia de hacer leer a toda la población con la publicación de los autores clásicos, se la adjudicaron como una vuelta al pasado, a lo que él corregía socarronamente, que la había tomado de los intelectuales rusos, y por lo mismo, era de avanzada. Curiosamente, en su gestión popularizó los manuales que respondían a teorías y metodologías dispares y contradictorias entre sí, tales como  El silabario de San Miguel y El primer libro de lectura, de Luis Mantilla. Ocasionalmente, aparecían el libro de Rebsamen y el Método Onomatopéyico  de Torres Quintero. Si Bien hubo una inicial pasión educadora, los proyectos se caracterizaron  por el desorden y la falta de mecanismos precisos de operación. 

La creación de la SEP no produjo cambios significativos en el terreno pedagógico, sí en cambio, un aparato publicitario digno de mejores causas, porque lo esencial no se realizó y, consecuentemente, los resultados fueron magros. En lo pedagógico no había una idea generadora de procesos congruentes. El alumno era considerado como parte final del proceso educativo; no era más que un ente individual, capaz de obedecer sin conjeturas. Aún con la creación de las Casas del Pueblo, en las que conceptualmente la persona se funde en el todo de la comunidad, ya que el individuo es el pueblo, fatalmente el alumno era un receptáculo en el que el Misionero, “El redentor”  en palabras de Vasconcelos, vacía la “Buena nueva” que lo llevará a su salvación. Desde luego que las Casas del Pueblo, traían consigo un concepto que ubicaba al maestro como una persona comprometida con su comunidad y, por lo mismo, casi siempre, un agitador social. Los conceptos se trastocaron y seguramente para el maestro esta doble personalidad era difícil dilucidarla, pues era más atractivo ser líder de masas que docente en el salón de clases; dado que los sueldos eran de miseria y la solicitud de trabajar en lugares apartados donde escaseaba todo, no era más que la petición para asumir la personalidad de los sacerdotes misioneros. Sin embargo, acabar sus vidas en tierras lejanas a la suya, sin posibilidad de mejorar, no fue bien recibido e iniciaron los problemas, pues las Casas del Pueblo, en varias localidades se convirtieron en nidos de insurrección.  Este proyecto y otros similares permearon toda la década a partir de 1921, y abarcaron la educación socialista en pleno período de Narciso Bassols. 

Vasconcelos tenía como divisas fortalecer la identidad nacional y eliminar el analfabetismo. La organización de la SEP en los departamentos Escolar, Bibliotecas y Bellas Artes, devela las premisas sobre las que regularía todas sus proyectos y actividades. El maestro, los libros y las artes. El proyecto educativo estaba pensando en dos vertientes: la escuela rural prepararía al alumno en los primeros elementos de la cultura; las misiones culturales complementarían esta preparación capacitando el alumno en aspectos que son fundamentales para impulsar el progreso de las comunidades y a la vez, capacitar a los maestros misioneros.

La Casa del Pueblo  fue un ingenioso proyecto que involucró a la comunidad y fortaleció la  educación rural. Como su nombre lo indica la Casa se convirtió en un patrimonio de la comunidad, un espacio de educación, recreación y cultura; sus objetivos estaban encaminados a beneficiar a la población. Fue un proyecto que presentó Enrique Corona Morfín, lo aprobó Vasconcelos en 1923; no tardarían en convertirse en escuelas rurales. Las casas del pueblo tenían como finalidad mejorar los aspectos físicos, intelectuales, económicos, morales y sociales de las comunidades que atenderían.  Fueron diseñadas para formar parte de la comunidad y servir a sus intereses. De carácter múltiple, servía para muchos objetivos que recogían las aspiraciones de los integrantes de la comunidad.

No todo fue miel.. El proyecto en su operación vivió muchas y amargas experiencias. El país presentaba la característica de que muchas comunidades estaban controladas por caciques que veían con malos ojos a los misioneros con los que hubo varios enconos. Los misioneros enfrentaban a la falta de materiales y medios de subsistencia, en mucha localidades, las comunidades, no siempre estuvieron agradecidas con los beneficios. Por otro lado, algunos misioneros no cumplieron con su misión, y hubo casos en que en que cometieron abusos, en contra de los misioneros, y viceversa.

La conclusión del experimento vasconcelista fue diverso y contradictorio. Lo cierto es que con el poder ideológico y mesiánico que poseía, dirigido a un pueblo inocente, desinformado, confiado y temeroso de que la revolución volviera, asumía “por decreto” lo el gobierno imperial decidía con sus vidas, lo que permitió que el vasconcelismo asumiera un lugar en la historia mexicana como una filosofía en búsqueda de la nueva raza y del nacionalismo que uniría en torno a la grandeza de un país que emergía de las cenizas.

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Andrés Mendoza Salas

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