Cultura Editorial

El mito de las mujeres imposibles

En los últimos días estuve trabajando en la organización de un seminario sobre sor Juana Inés de la Cruz. Cuando me vi envuelta en semejante tarea me aterré. Pasó por mi cabeza todo lo que se dice sobre la monja jerónima, en especial aquello de la grandeza o, para ser más clara, la “monstruosidad” de su grandeza. Mientras meditaba precisamente esto de su grandeza y mi inevitable pequeñez, tomé el ejemplar de Lírica Personal. Estaba golpeado, manchado, rayado, deshojado. Tiene los síntomas de ser un libro de cabecera, porque desde que lo compré no dejo de leerlo (y parece no acabarse nunca aunque lo vuelva a empezar). La primera vez que me enfrenté al poema El sueño sentí una admiración tan profunda por la escritora que no he dejado de seguirle la huella. Vaya que es difícil estudiarla, no solo por la complejidad de su obra, sino por el interminable peso del mito.

Cuando estaba en la secundaria me impresionaba tantísimo que mi maestra recitara los sonetos de memoria, que yo también los aprendí y aún los recuerdo. Sor Juana fue la única autora que estudiamos en aquel riquísimo curso donde aparecieron nombres como el de José Zorrilla, Heinrich Heine, Alejandro Pushkin, Rubén Darío, Gustavo Adolfo Béquer y hasta Nezahualcóyotl (puros poetas, cosa rara). Quiero decir que desde la educación básica empezamos a entender a Sor Juana como una excepción a la regla por dos cosas: era mujer y era genio. Si contara las veces que escuché a profesores y literatos decir que Sor Juana era un “caso aparte”, no acabaría. Lo repiten tanto que una empieza a creerlo, hasta que de pronto algo no cuadra.

Para explicar esto viene a mi mente un libro que leí hace un par de meses, pero que tengo presente casi todo el tiempo. Se llama Cómo acabar con la escritura de las mujeres de Joanna Russ. En pocas palabras, este ensayo nos cuenta otra historia de la literatura que no aparece en los manuales universitarios. A través de sus páginas conocemos todo el proceso de desigualdad al que se han enfrentado las escritoras a lo largo del tiempo y cómo de diversas maneras (desde las más sutiles hasta las más descaradas) la cultura patriarcal ha tratado de desacreditar sus obras. Son prejuicios que todavía es común escuchar en la academia sobre su producción literaria. En la cuarta de forros del libro se enumeran los más frecuentes que detectó Russ:

  1. “No lo escribió ella… pero resulta evidente que lo hizo”. Es decir, una mujer no pudo haber pensado, escrito, pintado, esto o aquello.
  2. “Lo escribió ella, pero no debería”. No es correcto que una mujer escriba sobre esto o aquello. Pensemos de nuevo en sor Juana, a quien le reprochan que una mujer no debe escribir de teología (o eso dice su mito, pues investigaciones recientes afirman que este cuento no fue así).
  3. “Lo escribió ella, pero fíjate sobre qué escribió (el dormitorio, la cocina, su familia ¡Otras mujeres!)”. Este es muy común: las mujeres escriben “de cosas menores”. Como quienes critican a Jane Austen porque nunca habló de “nada importante” como la guerra y la política, sino de los amores y penas de un grupo de hermanas.
  4. “Lo escribió ella, pero solo escribió uno (Jane Eyre, Pobrecilla, fue su única…)”. Aquí Russ nos detalla cómo cuando una autora es aceptada en el canon, misteriosamente desaparecen el resto de sus obras y sólo se hace famosa, generalmente, la menos conflictiva de éstas.
  5. “Lo escribió ella, pero no es una artista de verdad y no se trata de auténtico arte (Es un thriller, un romance, un libro infantil)”. Es curioso que cuando una mujer escribe literatura infantil es algo menor, pero cuando lo hace un hombre es un clásico como Hans Christian Andersen.
  6. “Lo escribió ella, pero alguien le ayudó”. Como Mary Shelly que escribió Frankenstein. ¡Uy, qué fácil! ¡Si era amiga de Lord Byron! A Virginia le ayudaba su esposo Leonard Woolf. Una escritora se desacredita por ser hija, esposa, amiga. Mientras que un autor varón jamás pierde legitimidad por ser esposo o hijo de.
  7. “Lo escribió ella, pero es una anomalía”. Con esta recuerdo la frase: “Sor Juana se cuece aparte”. Como si una mujer que piensa o que es brillante fuera una excepción a la regla. Además la genialidad no se da por generación espontánea, olvidamos que estos “genios” del arte lo son porque estudian, absorben y asimilan la cultura de su época para continuar el camino interminable de la creación.
  8. “Lo escribió ella, pero…”.

Muchos de estos “argumentos”, si no es que todos, son peligrosos porque ni siquiera los cuestionamos. Circulan en nuestro imaginario como algo que simplemente es así. Me sorprende que todavía, con los cambios importantes que han logrado los movimientos feministas, molesten tanto las mujeres destacadas en la literatura, en la política, en las artes, en las revueltas. Basta leer los comentarios en las noticias publicadas en internet para notar la dimensión del odio de algunos. Lo primero que hacen es desacreditar: pero mira cómo se viste, pero mira cuánto pesa, pero mira cómo habla, pero

Hay mil y un formas de combatir todo esto. Yo he empezado por hacer estudios de arqueología literaria que me den otras versiones de la literatura escrita por mujeres, para entender cuál es nuestra historia verdadera, de dónde venimos y por qué tantos ataques. Los resultados surgen de inmediato. Queda absolutamente claro que estas mujeres imposibles siempre han sido posibles. Sin importar las censura, las épocas, el dolor.

 

 

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

Escritora egresada de la UA de C

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