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El predicamento y la vergüenza

En 1973 se suicidó el presidente Salvador Allende, en Chile, tras un Golpe de Estado del criminal general Pinochet. Un año antes, Allende visitó México y logró ganarse el corazón de todos los mexicanos. El presidente Echeverría lo admiraba mucho, y fuimos de la Secretaría del Patrimonio, donde yo trabajaba, a Chile a llevarles petróleo y otros productos para ayudarlos.

Después de la muerte de Allende y de la gran tragedia que el Golpe de Estado significó para el pueblo chileno, Echeverría ofreció, como muchos países, asilo a quienes quisieran aceptarlo. Doña Tencha (Mercedes Hortensia Bussi Soto), como era conocida la viuda de don Salvador, aceptó el asilo en México, así como muchos chilenos, a algunos de los cuales tuve el gusto de conocer pues los pusieron a trabajar en el Fondo de Cultura Económica. Ahí me tocó organizarle una oficina a doña Tencha y acomodar a alrededor de 20 chilenos que empezaron a laborar como correctores. Debo reconocer que eran personas sumamente inteligentes, puntuales y muy trabajadoras. Fue un lujo conocer y trabajar con ellos.

Doña Tencha, una gran dama, muy inteligente y preparada, estaba pendiente todo el tiempo de una gran cantidad de chilenos que se encontraban como asilados políticos en muchos países, mientras el terrible Pinochet creaba y desplegaba su dictadura militar en su país. A mí me tocó tratar a diario a doña Tencha para ver qué se le ofrecía y platicábamos un momento. Nos caímos muy bien, al parecer. Con el resto de los chilenos que trabajaban en el FCE no tenía yo trato pues ellos, como correctores, estaban en contacto con Alí Chumacero o con García Terrés, quienes eran los que trabajaban directamente en la edición de los libros.

Un día, después de un año, aproximadamente, de que doña Tencha llegara al FCE, me mandó llamar el director del Fondo y me dijo que como había visto que me llevaba muy bien con la viuda de Allende, por favor le dijera que como ella estaba haciendo llamadas a todo el mundo, las cuentas del teléfono estaban saliendo excesivamente altas.

Esa noticia me cayó como bomba, pues se me hacía una falta de cortesía el siquiera insinuarle a doña Tencha que sus llamadas resultaban muy costosas para nosotros.

Durante varios días tuve un conocimiento preciso de lo que era el estrés y la gastritis. Creo que masticaba diariamente cientos de pastillas Tums. Un día me llamó mi jefe, y antes de entrar a su oficina me tomé un tubo de Tums sin siquiera quitarle el envoltorio. Entré muy nervioso, mi jefe lo notó y me dijo: «Aún no le dices nada a doña Tencha, ¿verdad?» Bajé los ojos, la cabeza y el pecho, y le dije que no. Él lo entendió, pero me recordó que por mi puesto en el Fondo (administración) y como además me llevaba muy bien con ella, yo era el único que podía decirle lo del costo de sus llamadas.

Varios días después, me armé de valor y me encaminé a la oficina de la viuda de Allende. Me recibió muy atenta, como era ella siempre conmigo, y tuve que decirle lo que me pidieron que le dijera. Ella, como la gran dama que era, me dijo: «Entiendo, y sé que no es tuya esta iniciativa. Diles que no se preocupen y que no volverá a suceder».

Vi cómo tomó sus cosas, sacó varios expedientes y su agenda y se despidió de mí; salió de las oficinas del Fondo, que estaban en esa época en avenida Universidad y Parroquia. Nunca regresó doña Tencha. Luego supe estaba en una oficina del Centro de Comercio Exterior. Fue para mí una gran vergüenza el tener que decirle a la señora que sus llamadas telefónicas eran muy caras, y más cuando el FCE editaba, en ese tiempo, un libro diario y se vendían muy bien.

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