Cultura Editorial

El secuestro (1 de 2)

Escrito por Armando Guerra

Recién llegado a París, estudiaba francés en la Sorbona. Uno de mis compañeros de clase era un joven griego, Gorgos se llamaba, que era el novio de la maestra, Michelle, quien era muy amiga de Martine, otra de nuestras profesoras de francés, que era con quien yo compartía departamento, así que el griego tenía que llevarla muy bien conmigo, y sí, me procuraba mucho y hasta cigarros españoles, Fortuna, me regalaba.


Un día, cercano ya el verano, nos invitó a Michelle y a mí a pasar las vacaciones en Glyfada, un poblado cercano a Atenas. Es la ciudad donde nació Onassis, el constructor de barcos, según nos contaba Gorgos. La idea era irnos en su camioneta, una Range Rover, saliendo de París un domingo a las 7 de la mañana, para llegar a dormir a Florencia, y al día siguiente, en una estación de policía, hacer la traslación de dominio de la camioneta a mi nombre, pues si entraba como vehículo de un extranjero estaría exenta de impuestos y la gasolina nos saldría a mitad de precio, que eran unas de las medidas del gobierno griego para promocionar el turismo.

Así lo hicimos. Ya en Italia, yo conduje por el resto del país hasta llegar a Bríndisi y ahí abordamos el barco que nos llevaría a Grecia. Al subir, pusieron un sello en mi pasaporte de que introducía una camioneta. Gorgos, por su parte, nos pidió el dinero que llevábamos, tanto a Michelle como a mí, para él, como griego, declararlo y poder sacar una suma igual al regreso. Y nosotros se lo entregamos pues llegando a la casa de los papás de Gorgos no tendríamos que hacer ningún gasto.

Desembarcamos al día siguiente en el Paso de los Corintios y de ahí seguimos rumbo a Atenas, y continuamos, y por fin, a las 12 de la noche, llegamos a Glyfada. Gorgos nos pidió que nos estacionáramos en la plaza, frente al mar y casi frente a la casa de sus padres. Nos dijo que nos quedáramos en la camioneta mientras avisaba a sus papás de nuestra llegada. Nos pareció extraña su actitud, pero no sabíamos cuáles eran las costumbres de los griegos.

Luego de media hora, lo vimos salir de la casa, cargando almohadas y sábanas. Algo malo pasó, dijimos. La explicación fue que habían llegado unos tíos y primos y, por lo pronto, nosotros dormiríamos unos días en una casa de campo que tenían sus papás. Sin decir nada, nos dirigimos a esa casa. Conduje en medio de un desierto con rocas, por un camino de terracería. Llegamos y entramos a la propiedad, que estaba bardeada, la casa era de madera, construida sobre pilotes también de madera y no tenía techo. Nos dijo Gorgos que así estaba a propósito, por el calor. Entramos y verdaderamente estaba en ruinas, pero estábamos tan cansados que lo único que yo quería era dormir.

El baño no tenía puerta, el escusado no tenía tapa y no había boiler, sí, por el calor, sólo agua fría. Eso ya me parecían minucias pues estaba rendido. Fui a mi cuarto, que apenas tenía un camastro y me acosté. Pero unos momentos después escuché que Michelle lloraba y luego gritos de los dos, y fui a su cuarto a ver qué sucedía. Entré cuando él le gritaba: «Tú me hiciste llorar en París y ahora vas a llorar aquí en Grecia». Volteó a verme y me dijo, «Lo siento, Armando, pero también tú la llevarás por culpa de esta mujer». Salió del cuarto, tomó las llaves de la camioneta y se fue.

Michelle y yo nos vimos y soltamos la carcajada, pues no sabíamos de qué otra manera reaccionar ante aquella situación. Decidimos dormirnos y ya veríamos al día siguiente. Nos despertó muy temprano el sol, que entraba por el techo inexistente de la casa. Nos levantamos y decidimos lavar la ropa de dos días, pues no había nada que comer y el refrigerador estaba vacío. Había luz gracias a una planta que había echado a andar Gorgos al llegar la noche anterior. Luego nos sentamos en la terraza, donde estaban dos sillas y un pedazo de techo. Esperamos todo el día sin que Gorgos apareciera, y nosotros, muertos de hambre, nos cansamos de tanto reír.

Por fin, como a las 10 de la noche, llegó aquel desgraciado, traía una caja de cartón con pepinos, tomates y queso feta. Comimos como locos y, ya más calmados, nos trajo una garrafa de gasolina para la planta de luz, una cafetera, café soluble, galletas, un tocadiscos y un disco con el «Concierto de Colonia» de Keith Jarret, y unos libros en francés de la biblioteca de su papá, las obras de Jean Cocteau. Volvió a irse.

Nosotros nos acostumbramos pues cada día llevaba más comida, más libros y hasta nos enseñó una brecha para llegar al mar. Así duramos todo el verano.

Finalmente llegó el hermano de Michelle, Christian, a pasar con nosotros su cumpleaños; ya habíamos arreglado la casa y lo llevamos a cenar a Atenas, y al regresar, luego de irse Gorgos, le platicamos todo a Christian. Fúrico, decidió que nos fuéramos a París al día siguiente (para esas fechas ya sabíamos dónde pasaba el autobús para Atenas y antes de llegar estaba el aeropuerto). Llegamos, mostramos los pasaportes y no me vendieron boleto pues yo había metido una camioneta a Grecia y tenía que salir por barco o carretera, pero en camioneta.

Christian me dejó los mil francos del boleto de avión y ellos se fueron a París. Yo regresé a la casa de campo a esperar a Gorgos…

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Armando Guerra

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