Cultura Editorial

Enriqueta Ochoa: ‘Dios no reirá entre mis labios’

Enriqueta Ochoa tenía 19 años cuando publicó su primer poemario Las urgencias de un Dios. Vuelvo a leer el poema que da título a su libro en la Antología personal publicada por la Universidad Autónoma de Coahuila en el 2002. Es el tercer texto en orden de aparición, pero si lo pusieran al final no dudaría que fue escrito en la madurez de su vida. En el prólogo, Fernando Martínez Sánchez explica que cuando la escritora había llegado a los 21 años de edad, con la aparición de su otro libro Las vírgenes terrestres (1952) “ha creado, quizás, lo más importante de su escritura, ignorada a pesar de su excelencia, por la enorme mayoría de los compiladores y críticos de la poesía mexicana del siglo XX”.

Es imposible no estremecerse al leer poemas como “La creación” o “La sequía”. Recuerdo cuando los leí por primera vez. Mi mamá me había traído un par de libros de su oficina. Un compañero se los había regalado porque los encontró tirados en uno de los archivos. “Tu hija lee”, le dijo. Así llegaron a mi vida esta Antología de Enriqueta y Cosas de Coahuila, del gran historiador (también olvidado) Carlos Pereyra. Yo tenía 17 años entonces y no me entusiasmó tener en mis manos dos ejemplares de una colección de escritores coahuilenses (prejuicios absurdos de la adolescencia), pero no tenía nada mejor que hacer y empecé precisamente por el de poesía. En esa época yo leía los clásicos de aventuras como El conde de Montecristo, libros góticos como Frankenstein y Drácula, los cuentos de Oscar Wilde y cosas por el estilo. De poesía sólo sabía algunos versos de Bécquer, Rubén Darío, Sor Juana, Gutiérrez Nájera y otros poetas modernistas que habíamos visto en la secundaria. Abrí el libro y los poemas me asustaron. Esa fue la palabra: susto.

Era un libro elegante, con algunos reclamos a Dios. Tenía un aire cósmico y al mismo tiempo terrenal que no lograba entender del todo. Nunca me ha frustrado mucho eso de “entender” la literatura. He sido paciente para leer y releer hasta que surge la luz del entendimiento. Subrayé con un marcatextos rosa algunas imágenes que en ese entonces me impresionaron, como “Un río es una criatura viva / por donde Dios hace correr el temblor maravillado de su esencia”, “De la transparencia nutricia del agua / provenimos”, “Muerde el dolor la pulpa amarga del insomnio”, “Soy una cascada de torsos al desnudo”.

¿Qué significaba todo eso? ¿Cómo podía alguien pensar la vida de esa forma? Después, con el tiempo, supe quién era Enriqueta Ochoa y volví a leer su Antología con más entusiasmo aún.   Pero al parecer, en su primer momento, la obra de la autora coahuilense no fue bien recibida o comprendida del todo. Siempre me he preguntado por qué ella no es una figura más laureada en la literatura. Parece que su nombre anda con discreción en las antologías o en algún homenaje. Al leerla es obvio que se trata de una de las mejores plumas que ha dado la poesía en nuestro país.

Hace unos años leí una entrevista donde le preguntan a la poeta cómo es su proceso de creación. Ella contesta que desde muy joven escuchó una voz. “Me dictan”, aseguraba. Una idea mística donde el poeta es el medio entre una fuerza superior y la tierra. Algo quizá chamánico, donde la palabra posee un poder real sobre la vida. Ahora que estoy de nuevo frente al poema “Las urgencias de un Dios” pienso en cómo le llegarían a Enriqueta las imágenes tan intensas en su juventud. Cuando dice que si de niña le hubieran mostrado a Dios ella lo seguiría, pero “nadie sopló luces de mitos en mi frente”, aclama. Luego invierte los papeles: “Sé mi condición de madre / y de Dios su condición de hijo”. El poema continúa:

 

De blasfemia han tachado mis urgencias.

Dicen que Dios no reirá entre mis labios

Ni llorará en la cuenca de mis ojos tristes.

Seré siempre la anónima, la gris, la desterrada

Para quien solo existe por patria

Un índice de estragos y de hogueras

Pero…

que no me digan nada

 

Es esta la fortaleza lírica de Enriqueta Ochoa.  Palpita en las páginas de sus poemas. Habita cada verso entre la rebeldía, el halo místico y la poesía. Va creciendo conforme su vida transcurre. Pero desde sus primeros trabajos auguraba un destino, una estrella literaria que todavía necesitamos aprender a mirar.

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

Escritora egresada de la UA de C

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