Cultura Editorial

Fabián Vique: Palabra mínima, literatura máxima

“Escribir hoy es fijar evanescentes estados del alma, las impresiones más rápidas, los más sutiles pensamientos”, sentenció Julio Torri en su libro Prosas dispersas. Sin saberlo, estaba navegando en un género literario que muchos años más tarde sería bautizado como microficción. El arte de la brevedad. Decirlo todo, como una flecha, en unas cuantas palabras que muestren, precisamente, esos estados evanescentes (y esenciales) del espíritu. Durante décadas se ha discutido si esto de verdad es un género o es un capricho libresco. ¿Es poético o narrativo? Parece que es pariente del aforismo y de la imagen. ¿Pretende divorciarse del chiste para casarse ―a veces―, con el humor negro, la filosofía, el amor, la denuncia social o la fantasía?

Para Fabián Vique el microrrelato es tan literatura como todas las demás. Requiere, más allá del ingenio, profundidad, lecturas, imaginación. No por ser pequeño es menos desafiante y quienes lo trabajaron (Arreola, Monterroso,  Shua) han puesto a tambalear al canon. “Debemos revisar un poco las antologías como El libro de la imaginación de Edmundo Valadés o Cuentos breves y extraordinarios de Borges y Bioy Casares. Yo creo que ellos lo veían como semillas importantes de literatura. De hecho una piedra fundamental es que había grandísimos autores como Kafka que tenían microficciones”, expresó el argentino.

Este género llegó a Fabián cuando era adolescente y leía la revista Puro Cuento. Por esas fechas se topó con un libro de Marco Denevi y se sorprendió al ver que los escritores más afamados de las letras universales habían explorado la literatura mínima. Poco a poco, y sin pensarlo mucho, comenzó a escribir sus propias historias. La tierra de los desorientados, Variaciones sobre el sueño de Chuang Tzu y Peces son algunos libros que ha publicado hasta ahora. La imaginación de Vique abre infinidad de mundos y con la microficción nos enseña, como diría Galeano, su universo visto desde el ojo de la cerradura: un perro que se ha quedado sin campito para jugar; la vida y obra de un pez porteño; un niño que llora desde el cielo; un conductor de autobús y su copiloto que murieron por congelamiento al abusar del aire acondicionado; un hombre que entra en un retrato de un hotel para descubrir lugares alternos (como en el cuento de Marguerite Yourcenar, donde un pintor escapa al entrar en su propio cuadro); paradojas; sueños que se confunden con la realidad; parodias y juegos.

 “En rigor todos los géneros tienen algo de híbrido. Hay textos que yo pienso que se pueden leer como poema y como microficción, pero la microficción tiene una identidad propia y una característica única, tiene un soporte diferente al de la poesía. Si bien muchos textos microficcionales son poéticos, yo creo que a medida que aparecen textos buenos se va consolidando. Es un género, pensado como tal, joven, pero tiene fuerza suficiente en sí mismo”, comentó Vique sobre las posibilidades de este tipo de literatura.

 Existe una relación importante entre la creación de microrrelatos y América Latina, una condición que se formó por múltiples causas: “Se dio este caso muy particular. Precisamente México y Argentina fueron dos polos donde se empezó a producir mucho. Aparecieron muy buenos autores: Arreola, Monterroso (que es un poco internacional, pero vamos a decir que es de México), Guillermo Samperio, René Avilés Fabila. En Sudamérica son un montón”, destacó.

Este género literario tuvo otras funciones más cercanas a la situación social de algunos países. Vique recuerda que en Chile surgió como literatura de protesta contra Pinochet: “Se escribían microrrelatos en las paredes. Ese es un caso único pero que suma. En Uruguay también hay un bestseller, Eduardo Galeano, que hizo microficción”, detalló. Para Fabián, el microrrelato es un desafío a la literatura consagrada. Una de las formas más visibles de ello es en las parodias: “Es muy propio de la microficción y quizá tiene que ver con una especie de complejo de inferioridad latinoamericano. Bueno, soy argentino, hago psicoanálisis barato todo el tiempo, pero quizás haya algo también de eso. No hay una sola razón, hay una serie de razones”, aclaró.

Otro de los retos que enfrenta el microrrelato es su difusión en redes sociales. Si bien, estas plataformas ayudan a multiplicar el público lector, las propuestas difundidas no siempre son de calidad. “Cuando yo entré al género empecé a leer esos textos que venían de las antologías o revistas y era todo bueno. Me imagino un joven de hoy que entra y lee cosas que no son tan buenas y piensa que no sirve para nada. Pasa con la poesía y con todos los géneros breves. Por un lado está muy bien que se democraticen las posibilidades de publicar, pero falta que surjan filtros, no para dejar fuera a nadie, sino para que el que esté interesado pueda acceder rápido a los buenos textos”, señaló.

 El escritor de cabecera de Fabián Vique es Eugenio Mandrini. Le siguen Juan Romagnoli y Alejandro Bentivoglio. Recomienda dos autoras por demás conocidas: Ana María Shua y Luisa Valenzuela. Enlista otros nombres como Lilian Elphick y Diego Muñoz. ¿El clásico infalible? Juan José Arreola que no puede faltar en ninguna biblioteca de microficcionistas.

 

MICROFICCIONES DE FABIÁN VIQUE

Demasiada generosidad

Puse la flor que me regaló en un libro suyo. Olvidé el libro que me regaló en su biblioteca. Guardé la biblioteca que me regaló en su barco. Atraqué el barco que me regaló en su isla. A la isla que me regaló le encontré un lugar en el mundo. Elegí una constelación y allí situé el mundo que me regaló. Dispuse la constelación que me regaló en una curva del universo. Con cuidado coloqué el universo que me regaló en el cáliz de una flor. La flor que me regaló se marchitó.

 

Monólogo de la flecha

No hay vuelta atrás. La suerte está echada y yace en algún lugar que ya no importa. Te tocó estar ahí y a mí me toca ir hacia vos. Tu mirada parece buscar una explicación. No hay tal. Lo único que quisiera decirte es que también es mi final, mi hora. Que si alguien escribió este desenlace para vos también lo hizo para mí. Que desconozco los motivos. Que allá voy, directo a tu corazón. Que no voy a fallar.

 

Peces

He aquí un pez. ¿Piensas que un pez no tiene nada para decir? Te equivocas. Un pez dice mucho. No dice con la soberbia del erudito, del retórico. No dice con la falsa humildad del experto, del especialista. El pez habla por su nado, el pez habla por su modo de mirar. El pez habla a través de su parsimoniosa respiración branquial. El pez habla por su ser pez.

            Míralo. Míralo tú a él. Míralo intensamente.

            Toda tu inquietud, toda tu preocupación existencial, toda tu perplejidad se disuelve como un suspiro si estás atento al callado decir del pez.

            Míralo. Por ahora solamente míralo.

            Ahora métete en el estanque. Acércate al pez. Acércate más. Escucha al pez. Escucha el sonido del movimiento del pez, de la respiración del pez, del ser pez del pez.

            Ahora toca el pez. Siente al pez. Siéntelo no con el tacto, siéntelo con todo tu ser.

            Ahora sé tú mismo pez. Sé tú pez. Muy bien. Lo estás logrando, sí.

            Ahora tú también eres pez.

            He aquí dos peces.

 

 

Las flores de plástico
Digan lo que digan, las flores de plástico duran más.

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

Escritora egresada de la UA de C

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