Cultura

Federico Granell ama el bosque sombrío, por Miguel Ángel Gómez

Federico Granell ama el bosque sombrío como Walt Whitman amaba el susurro de hojas tiernas. En Para iluminar un bosque abre la verja sin ruido de entrada y nos ceñimos a sus paneles como cuerdas onduladas. Hay lámparas que salen un momento de su vacío para integrarse en su núcleo-mural e iluminarnos en tiempos oscuros. Campa ahora en los ilimitados prados de la emoción. ¿Qué estás pintando? Una invitación para una fiesta de velas. Él pintó cielos de Magritte cabalgando las rectas del viento, soledades de Hopper que ceden al ser tocadas por él. La soledad se desliza sin sonido alguno completamente relajada.

En el Antiguo Instituto de Gijón nos deja la sensación del fuego hasta el 15 de noviembre. Granell viene de la Fábrica de Armas, de la Semana de los Princesa, huele plantas selváticas y el fuerte olor de las plantaciones tras recitar a Anne Carson ganando deliberadamente el tiempo: “Una herida emite su propia luz dicen los cirujanos. Si todas las lámparas de la casa se apagaran podrías vendar esta herida con el brillo que de ella surge”. En su estudio encontré con Emma: Roma, Milán, Londres, allí estaba la belleza cotidiana, el alboroto de las calaveras que son más astutas que el resto. Vimos casas abandonadas esperando con impaciente ilusión, vidas imaginadas con ojos vidriosos mirándose profundamente las unas a los otras, sabiendo que no pueden ocultarse nada.

Federico Granell y Miguel Ángel Gómez, dos grandes amigos y amantes del arte.

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