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Juan Pablo II nos atrapó

Un viaje que hicimos mi hermano Jesus y yo, de París a Italia, específicamente a Florencia, Pisa, Venecia, Roma y Pompeya, fue una maravilla. Fue un lujo poder visitar esas ciudades, y muy impactante el recorrido en Pompeya, con todo y sus muertos petrificados por las cenizas, y con la visita a las casas que tienen grandes y muy bellas pinturas murales. En alguna de ellas tuve que dar mordida a los guardas para que nos dejaran entrar a los cuartos, por lo general cerrados con candado, que tenían murales con representaciones eróticas y pornográficas. Ante eso, la propina iba junto con más propina, faltaba más. Al entrar se encuentra uno, en verdad, frente a obras de arte y en muy buen estado.

La última ciudad a la que fuimos en ese viaje fue Roma. Y, por supuesto, en uno de los dos o tres días que estuvimos ahí, fuimos a recorrer el Vaticano, para admirar las obras de Miguel Ángel, tanto dentro de la gran iglesia de San Pedro como en la capilla Sixtina y en el gran museo del Vaticano, donde encontramos, entre cientos de cuadros de grandes pintores de todo el mundo, uno de Siqueiros (creo, pero si no era de él era de uno de nuestros grandes muralistas).

Salimos de nuevo a la gran Plaza de San Pedro, fuimos a la majestuosa iglesia y decidimos subir al techo de ésta, desde la que se tiene una vista impresionante de la mencionada plaza y de Roma, y allá arriba encontramos tiendas, atendidas por monjas, en las que se vendían postales, llaveros y mil souvenirs, entre ellos unas medallas y monedas con la efigie del Papa Juan Pablo II, y al lado de esas tiendas encontramos grandes máquinas expendedoras de latas de Coca-Cola. Comentamos que pronto habría otras máquinas expendedoras de bendiciones papales.

Bajamos, caminamos un poco y llegamos a una gran escalera, a un costado de la rotonda de la plaza, y ahí un soldado de la Guardia Suiza Pontificia, de los que escoltan y cuidan a Su Santidad y al Vaticano, nos dijo que en unos minutos más iba a comenzar la audiencia pública del Papa, en la sala principal. Nos pareció una oportunidad y nos dirigimos a la gran sala. Llegamos, pero por la hora que era ya estaban todas las sillas ocupadas. Era un salón muy grande. Nos quedamos de pie, detrás de la última fila, pegados a la pared, que tenía una enorme cortina cubriéndola, o eso pensamos.

Nos quedamos ahí, resignados a sólo ver pasar al Papa muy cerca (estábamos cerca del pasillo central) para luego dirigirse hasta el gran escenario donde había únicamente un sillón, con un micrófono al frente. Veríamos al Papa en persona, sí, pero muy retirado.

Pasaba el tiempo y el Papa no llegaba. Se escuchaba el murmullo de la multitud y, desde atrás, unos cánticos, al parecer en polaco, pero era difícil de precisar con el ruido a nuestro alrededor. Cuando ya iban como veinte minutos de retraso mi desesperación aumentó. Entonces levanté un poco la cortina a nuestras espaldas y descubrí que no había pared, en realidad era sólo una pequeña barda y la cortina era la separación con el resto del enorme espacio en que nos encontrábamos. Para esos momentos ya la parte posterior del pasillo central estaba llena de gente. El Papa no pasaría por ahí. Y nosotros tampoco. Me harté y le dije a mi hermano que nos fuéramos, que saltáramos la pequeña barda levantando la cortina y saliéramos de ahí. Que al papa, finalmente, lo veríamos en otra ocasión…

Mi hermano aceptó pues también estaba cansado, y con mucha discreción levantamos la cortina y brincamos la pequeña barda para regresar al pasillo de entrada. Y entonces nos quedamos paralizados. A no más de ocho metros estaba el Papa, de pie, flanqueado por dos guardias suizos, escuchando cantar a un grupo de peregrinos de Polonia que le estaban cantando. Uno de los guardias y el mismo Papa voltearon a vernos un segundo, y nosotros petrificados.

Ahí estuvimos unos minutos, escuchando a los peregrinos y viendo al Papa, que los veía y los escuchaba con mucha alegría, pues estaba muy sonriente. Los peregrinos terminaron de cantar y luego de besarle las manos a Juan Pablo II, se retiraron, y el Papa se dirigió al salón, pasando frente a nosotros, y nos sonrió.

Aún paralizados los dos, lo vimos pasar y sonreírnos. (Y supongo que nosotros también sonreímos.) El pasillo donde estábamos, formado a un lado por la cortina, era semicircular, así que unos segundos después perdimos de vista a Juan Pablo II, y luego debió entrar al salón, pues escuchamos los aplausos de toda la gente que lo esperaba.

Salimos en silencio y, ya afuera, en la Plaza de San Pedro, nos dio mucha risa, porque disfrutamos un buen rato de la presencia del Papa, a unos cuantos metros de nosotros y, además, Su Santidad nos sonrió.

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