Cultura Editorial

La madre ayahuasca

Nuestro siglo es contradictorio: profundizamos en la tecnología y retrocedimos en el autoconocimiento; provocamos la explotación de ciudades y descuidamos la empatía por los demás; desarrollamos la ciencia y casi nadie siente que sana. Este vivir acelerado y sin sentido nos tiende al borde de la destrucción, en una comunidad fragmentada, violenta, que ha perdido su conexión con la naturaleza. Hace unos meses escuché de una cura para este padecimiento espiritual que muchos cargamos: la toma de ayahuasca. Esta sustancia es una planta proveniente de Sudamérica, que desde hace cuatro mil años (hasta donde sabemos) se consumía para sanar a través de una experiencia espiritual. Su propio nombre es ya en sí bello. Ayahuasca significa “soga de los espíritus”, es decir, el lazo entre lo terrenal y lo sublime, un vínculo para ese mundo ancestral al que pertenecemos.

El sábado me decidí a tomarla por primera vez. Tenía inquietud y miedo. Desde hace unos años siento un dolor, un malestar profundo que no sana con los tratamientos convencionales que ofrece nuestra era contemporánea. Pareciera que la industria farmacéutica se empeña en someternos de por vida a la dependencia de los medicamentos que no curan, que enferman y que también sostienen un mercado. Ya estuve varios años en ese círculo vicioso donde en cada visita al médico salía con una nueva enfermedad incurable y una receta. Pienso que muchas personas padecen ese quiebre y no saben cómo tratarlo o qué hacer con él. Regresar a nuestros orígenes, a los descubrimientos ancestrales, es una opción que recomiendo para la gente que busca una sanación diferente. Puedo decir, sin temor a exagerar, que hay un antes y un después de mi vida luego de la toma de ayahuasca. A continuación intentaré describir, si es que las palabras alcanzan, un poco de esta experiencia que me ha reconfigurado por completo, con la esperanza de animar a quienes sufren y deseen darse una oportunidad.

Llegué al retiro de ayahuasca a las siete y media de la mañana. Antes de ingerir la bebida, uno tiene que prepararse con dieta especial y mucha meditación. Acomodé una colchoneta y me acosté en el suelo con los demás compañeros. El chamán explicó algunas instrucciones y al poco tiempo comenzamos con el ritual. Primero aspiramos rapé. Se toma por la nariz, en ambos orificios, con ayuda del chamán. Se siente como un golpe en la cabeza y un ardor fuerte en los ojos. Después, se toma el vasito con ayahuasca y se pronuncia el mantra “lo siento, perdón, gracias, te amo”. Me acosté y me sentí muy tranquila. Me concentré en la música y empecé a soñar un poco. Era una ligereza extraña que por un rato me dio risa. No sé cuánto tiempo pasó cuando sentí un impulso muy fuerte por vomitar. Es uno de los efectos de la ayahuasca (también conocida como “la purga”). Se supone que te limpia el cuerpo de impurezas y malestares.

No tenía idea de lo fuerte y real de “la limpia”. Junto con la primera náusea, llegó un llanto tremendo. Empecé a llorar, mientras devolvía una sustancia negra que salía de mi cuerpo. Entonces me acosté y seguí llorando. Tenía un sentimiento muy intenso, imparable. Veía fuego y escuchaba lamentos. Mi cuerpo sudaba y me exprimía en lágrimas. De golpe sentí un dolor muy triste por las mujeres que son madres. Veía a mi mamá, a mis compañeras y tenía la sensación de su sufrimiento en mi pecho. No sé cómo describirlo y tampoco sé por qué me conmovía tanto. Me sentí hija y tuve compasión. Lloré por todas las cosas que me han pasado. Buenas y malas. Algo me decía que yo estaba bien, que no había nada oscuro en mí, que podía compartir la vida con las personas.

Esa primera etapa es como un trance. Empiezas a viajar pero abres los ojos y ves a los demás y recuerdas dónde estás. Lo peor, al menos para mí, llegó después. Luego de devolver varias veces la sustancia negra (que no sé de dónde salía) me aterró lo que comencé a sentir. Los sonidos se distorsionaban y las imágenes también. Era como si empezara a desconectarme del tiempo y el espacio. Me dio pánico no sentir mi cuerpo ni ver. Grité que me sacaran del viaje. Lo recuerdo vagamente mientras todo me daba vueltas. Me acosté con terror. Nunca me había asustado tanto en mi vida porque todo lo conocido empezaba a desaparecer. Entendí que estaba absolutamente atada a mis sentidos, al cuerpo y que no quería abandonarlos. Todo el tiempo trataba de regresar, pensaba en mi cara, la tocaba, en mi respiración. Hasta que dejé de sentir la propia respiración. No podía pensar por más que me esforzara. Mi ser se desvanecía y perdí mi individualidad. Esto es muy desconcertante porque uno concibe al mundo a través de una idea del ser. Y lo que pensaba que yo era, la construcción que tenía de mí misma, era falsa, ridícula. Porque en ese estado puro de la existencia nada de eso importaba.

Cuando dejé de resistirme entré realmente al viaje. La madre ayahuasca te muestra lo que necesitas ver, agradable o terrible, y yo sentí que me perdía. Primero estaba como dentro de una matriz grande y escuchaba los sonidos como si vinieran de un exterior lejano. Sentía la presencia de mis compañeras, las sentía más a ellas que a mí misma. Después entendí que empezaba a reconectar con mis raíces: mi mamá, mi papá, mis abuelas. Algo muy simple y al mismo tiempo elemental. Luego de una fuerte batalla, de resistirme, de negar que algo así podía suceder, llegué al clímax del estado. No podía pensar, no sentía el cuerpo y tampoco los estímulos exteriores (sonidos, sensaciones). Era como un vació, casi como un universo, una conciencia donde no existía, sino que era parte de un todo. No puedo explicar las revelaciones que viví porque ni siquiera sé cómo decirlas. La madre ayahuasca te lleva a una región insólita, primigenia, que cuando la abrazas sientes un consuelo y un éxtasis profundo. En este punto empecé a volver. Seguía llorando, como ese llanto de alguien que vuelve a nacer. Qué alivio sentir mi cuerpo físico. Pero también qué experiencia tan  poderosa.

La ayahuasca, aunque al principio me dio pánico, me trajo una paz real. No es la sensación de una sustancia extraña, invasora (como cuando uno se toma los medicamentos sintéticos). Al contrario, se siente como algo muy natural. Yo estaba muy conmovida por la fortaleza femenina que transitaba mi cuerpo. Entre otras cosas, me reconcilié con mi condición de mujer y con la madre naturaleza.

Hace unas horas me puse a leer el libro Cartas de la ayahuasca, correspondencia entre William Burroughs y Allen Ginsberg, poetas de la generación beat, que conversan sobre su experiencia con la planta. Ya había terminado de escribir mi texto cuando me espantó un poco lo parecido de mi testimonio con la descripción que hace Ginsberg acerca de su viaje:

 “Me acosté. Al cabo de una hora (en una choza de bambú afuera de su cabaña, donde cocina), empecé a ver o a sentir lo que me pareció el Gran Ser, o algún sentido de Eso, que se aproximaba a mi mente con una gran vagina húmeda, me acosté en ella durante un rato, la única imagen que puedo identificar es la de un gran agujero negro de la Nariz-Dios a través del cual yo atisbaba un misterio, y el agujero negro rodeado por toda la creación, en especial serpientes de colores, todo real”.

Quizá ese sea uno de los poderes de la ayahuasca, nos regresa con nuestra esencia espiritual, muestra una dimensión de donde partimos, tal vez algo de la explicación de la existencia, del sentido de la vida, esté ahí. Yo todavía siento el efecto. He tenido sueños extraños y me da miedo dormir por si tengo de nuevo esos mareos, esa sensación de abrazar lo incomprensible y desconocido. Pero es parte del proceso de sanar. Los antiguos, que tanto despreciamos, eran sabios.

 

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

Escritora egresada de la UA de C

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