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LA PEQUEÑA ETERNIDAD, por Miguel Ángel Gómez

La pequeña eternidad personal en el sueño del Quijote. Un sueño, todo es un sueño, me quedo a dormir aquí. Sí, no puedo volver en este estado. Alonso Quijano se echa un buen trago. Está débil y aturdido. Quiere, como Borges, desenredarse de las pesadillas. Hunde la cara llena de sangre en las aguas oscuras de los libros abandonados. Antes de perderse en su sueño, se va al abismo de la locura.

Javier José Rodríguez Vallejo se ha leído El Quijote como quien ora en voz alta. Sabe que hay nueve puertas en un sótano, ocho dan a un laberinto. La otra a un mundo vertiginoso y altísimo. Andrés Trapiello lo dijo: “Un libro que no se ha leído no sirve para nada. Lo importante es que se lea, que se disfrute, y a ser posible, de la misma manera que Cervantes hubiera querido para esa obra”. Hay que leer libros para encontrar una luz de color púrpura descendiendo desde las cristaleras de las ventanas. ¿De qué podría servir yo?, se pregunta Quijano. Todos somos Don Quijote de la Mancha. Los días no pasan, se arrastran con la expresión de un pordiosero. El mundo necesita hoy, más que nunca, de la fantasía. Crucemos laberintos, atravesemos muros monumentales.

Quienes lean a Javier José con atención estas Ventanas cervantinas, saldrán del último sótano y verán la vida agitando la cabeza de un lado a otro como un terrier. Quédate a dormir en el Quijote de la Mancha. ¡Oh, al diablo con los que no lean a Miguel de Cervantes! Quiero leer lo de los molinos, sentirme mejor. Recordar las palabras del bachiller Sansón Carrasco: “Es tan clara, que no hay cosa que dificultar en ella: los niños, la manosean, los mozos la leen, los hombres la entienden y los viejos la celebran”.

Los fantasmas paradójicamente, van por el insípido trajín de las calles, oníricos, meditativos, contemplativos. Con ellos cerca, el aire se hace más denso y pesado. Ruedan sobre mí muchos días y muchas noches. La lectura es una voz en off que no está a punto de apagarse. Las batallas sin estruendo no miran todo lo que dejan a sus espaldas. La sabiduría es escuchar una canción sobre los sueños. La eternidad tiene los goznes bien engrasados. Sancho Panza, se sienta en su mecedora, como si estuviera en una casa de campo. Acompaña a Don Quijote hasta la puerta. Su espíritu y voluntad coinciden. No se les cae el alma a pedazos. Se enfrentan al mismo conflicto que cualquiera: ser bueno.

Francisco Umbral sonreía con ironía mientras murmuraba: “Don Quijote es hidalgo cincuentón y soltero que, llegado a ese ápice de la vida, decide pegar el salto cuantitativo y cambiar la realidad de los libros por la irrealidad de la vida, mucho más palpitante y vibrátil de lo meramente escrito”. En la irrealidad puede llevar máscaras defensivas, pero ningún ser humano parece indefenso. En Ventanas cervantinas hay ilustraciones de Jorge Destena Mejía. Son las historias de un guerrero que entra en contacto con las emociones. Es el confidente ideal que Javier José necesita para poder escribir. El sueño es un dibujo que nos hechiza. Los ojos: en reposo y durmiendo, pero en alerta tendentes a gruñir a la menor provocación. Jorge, estilo Dalí, puede salvarnos, es el sabio ideal.

La lanza de Don Quijote es como un violín que corteja a los lectores. Los refranes generalizan a partir de la experiencia. Las injusticias traen sollozos, risa, rabia y silencios ceñudos. Los yoes perdidos quieren ser los intérpretes de la orquesta. Les preocupa su propia paralización. Merlín está a punto de destruirse a sí mismo, pero esto no es Camelot. Los jueces no vacilan en contestar directamente. La ternura tiene muchas responsabilidades. Miguel de Cervantes, y esto lo sabe bien Javier José, haría cualquier cosa por nosotros, es alguien a quien recurrir en caso de necesidad, quiere que todo sus personajes se desnuden, no para enseñar la carne, sino el alma. “Rompe con la mediocridad de su vida” (vuelvo a Francisco Umbral) “pálidamente enaltecida de glorias bélicas, para emprender un libro donde está su rabia por el mundo, su energía por fin liberada al servicio de sí mismo”. Rodríguez Vallejo nos muestra en su libro la vida que no hemos vivido. Don Quijote es un caballero andante que recita poemas a las doncellas de castillos, alegre con naturalidad.

Vasallaje y humildad. Éxtasis y metas. La ínsula nunca dice disparates grandes. Los caballeros no son traidores, sus manos son fuertes y huesudas. Somos caballeros del mundo sin dirección adónde ir y sin derrota que nos quite las energías. Las noches del desierto pueden congelarnos, pero la noche de Cervantes es un fuego.

Miguel Ángel Gómez