Editorial

Mochilazo en el tiempo,En las cantinas no entraban mujeres

Escrito por Redacción

“¡Hay puros hombres, pero entro!” Dijo la primera mujer que osó pisar el interior del Salón Palacio, hace 30 años cuando la ley no le permitía beber en una cantina. Las conversaciones se cortaron de tajo y la mula de seis detuvo su caída. Su presencia provocó emociones contradictorias: sorpresa, burla, enojo, calma y también agresión.

Los gritos de los bebedores no se hicieron esperar: “¡Pásale mamacita, no te detengas!” “Esta es tu casa” “¿Qué te tomas?” Y los ojos masculinos se posaron en su anatomía.

La dama, temerosa, se sobrepuso al ambiente y caminó hacia la barra donde había varios bancos altos para degustar una botana y una bebida. Pidió al cantinero una cerveza en tarro y los tradicionales caracoles en adobo. Ellos prosiguieron su juego.

La polémica por su presencia se entabló entre los visitantes. Algunos comentaron que sería muy desagradable ver a una mujer en estado inconveniente, después de beber unos cuantos tequilas.

Otro dijo que con la presencia de las mujeres en las cantinas las relaciones humanas mejorarían porque “ellas ponen la armonía y nosotros nos veremos obligados a comportarnos como caballeros”.

El cantinero a su vez comentó: “esto se llama libertad porque en otros países hace mucho tiempo que se permite la entrada de las mujeres en estos lugares”.

Al interior hay un hombre que lleva una caja parecida a una batería de auto y anuncia: “toques, toques”. El macho surge, se anima y se levanta de la mesa para soporta el dolor de las descargas del aparato.

También entra el vendedor de la suerte, el que trae los millones, el billete premiado. Se le escucha decir: “Traigo el bueno. Cómpremelo patrón, que ora si se la saca”.

Los comerciantes no dan crédito a lo que ven: una mujer que de ahora en adelante será también su cliente. Así lo describe la crónica que este diario publicó el 28 de febrero de 1981, año en que se levantó la prohibición para que las mujeres entraran a una cantina.

Por décadas estuvimos vetadas de los bares y cantinas. Un letrero fuera de estos lugares lo dejaba en claro: “Se prohíbe la entrada a mujeres, uniformados, vendedores ambulantes y menores de edad”.

Durante la regencia de Carlos Hank González en la Ciudad de México (1976-1982) se modificó el reglamento que regulaba estos sitios, donde se reproducían modelos de masculinidad como: el beber, la agresividad física y verbal, afirma Diego Pulido Esteva en su libro: “¡A su salud! Sociabilidades, libaciones y prácticas populares en la ciudad de México a principios del siglo XX”.

El origen de los bares o cantinas en México al estilo estadounidense proceden del porfiriato, antes sólo había vinaterías originarias de la Colonia, de acuerdo con el libro “Cocina mexicana o Historia Gastronómica de la Ciudad de México”, escrito por Salvador Novo.

Según el Reglamento de Expendios de Bebidas Alcohólicas el trabajo femenino en los bares y las cantinas estaba prohibido en aquellos años veinte. Al iniciar las primeras décadas del siglo XX las buenas costumbres y la moral regían el criterio para que las mujeres no entraran a “los templos sagrados del alcohol y la masculinidad”, a decir de las notas publicadas en EL UNIVERSAL y la investigación de Pulido.

En las reformas que aparecieron posteriormente a dicho reglamento las mujeres sólo podían comprar para consumir las bebidas embriagantes en su hogar. De manera reciente entrevistamos a varias mujeres para conocer su experiencia al entrar por primera vez a dichos lugares. Algunas fueron llevadas por un familiar como en el caso de la arquitecta Bárbara Rosas y señala: “yo fui a los 20 años, me llevó mi papá allá por los años ochenta y las miradas de los caballeros me incomodaron”.

“En los noventas fui a una cantina con unos amigos y no querían atenderme los meseros y después nos atendieron más a fuerza que de ganas”, dice Karina Rodríguez.

En el siglo pasado era impensable que las mujeres trabajaran de meseras o bebieran en una cantina porque las leyes, el machismo y los prejuicios no lo permitían.

Hoy frecuentar estos espacios, también para las mujeres, es el pretexto para disfrutar de unos tragos acompañados de botana, a la par de la convivencia con las amigas, la pareja, la familia, o bien, festejar cualquier evento especial.

 

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