Cultura Editorial

Pemex en Europa

Escrito por Armando Guerra

Cerca de mi trabajo en las oficinas de la Embajada de México en París, en cuya sección de Asuntos Económicos estaba todo lo relativo a Pemex (y también lo relativo al metro de la Ciudad de México, que estaba en pleno auge), ubicadas en la Rue Notre-Dame des Victoires, había un gran restaurante al cual íbamos un grupo de compañeros a comer los días de pago. Tenía muy buena comida y era relativamente accesible para nuestro sueldo. Luego de varias comidas ahí terminamos por hacer amistad con el dueño, un hombre muy amable al que le caíamos bien los mexicanos pues, según nos dijo, siempre nos reíamos, todo lo tomábamos a broma y nunca nos enojábamos.

Un día de pago, decidimos los del grupo habitual ir a comer a ese restaurante y, ya instalados, notamos que nos trataban excesiva y sospechosamente bien. Además, luego de entregarnos la carta, el mesero nos dijo a todos los de la mesa que podíamos pedir lo que quisiéramos pues el dueño les había dado la orden de que no nos cobraran ese día a los que trabajábamos en Pemex.

Sorprendidos, pedimos de todo, sobre todo las especialidades, que eran bastante más caras. Como aperitivo un kir royal; de entrada, escargots (caracoles) a la mantequilla; como segundo tiempo, la blanquette de bœuf acompañada de una botella de vino de la casa; luego una ensalada a las finas hierbas; de postre mousse au caramel, y para terminar cognac y café express.

Nos dirigimos a la salida casi sin poder caminar, y al llegar a la puerta nos topamos con el generoso dueño, que iba entrando, el cual con gran gusto nos abrazó a todos, nos preguntó si todo había estado de nuestro gusto, todos dijimos que sí, maravilloso, wow, oh là à, y luego nos preguntó si nos habían cobrado y respondimos que no y le agradecimos muchísimo.

Él nos dijo: «Yo soy el que les agradece pues por sus comentarios anoche conocí a una gran dama que vino y quedó encantada con el restaurante y me propuso hacer una cadena de él en México». Nosotros asentimos, como diciendo qué buena idea, qué bien. «Es Martha Pemex», nos aclaró, «la hija del señor Pemex».

No quisimos decirle que no conocíamos a la hija del señor Pemex y aunque nunca comimos mejor no nos atrevimos a regresar a pesar de ser inocentes. Sin embargo, días después, el dueño del restaurante fue a nuestras oficinas a preguntar por nosotros para que le dijéramos si sabíamos algo de Martha Pemex. No nos quedó más remedio que decirle la verdad: que el señor Pemex estaba muy enfermo y su hija había tenido que regresar a cuidar de él. Creo que fuimos visionarios.

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Armando Guerra

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