Editorial

Ser mujer es una actividad de alto riesgo

Escrito por Redacción

EL UNIVERSAL

En México, ser mujer es una actividad de alto riesgo, un deporte extremo. La violencia de género, muy distinta de la violencia generalizada que se vive en muchas partes del país, abruma todos los días no solo desde las cifras oficiales, sino a partir de las innumerables historias que las mujeres nos comparten en una mezcla de denuncia, llamada de auxilio y grito de desesperación.


Podemos detenernos a analizar estadísticas o los testimonios individuales y en ambos casos terminaremos, al menos así lo hago yo, con el estómago hecho un nudo. La desigualdad, primer escalón de la violencia de género, comienza por las oportunidades laborales y económicas. En México, el sueldo mensual promedio de los hombres es de 4,446 pesos frente a solo 3,557 para las mujeres. Anualizado es más notorio el diferencial: al año en promedio un hombre ganará poquito más de 53 mil pesos mientras que una mujer recibirá menos de 43 mil.


La participación en actividades económicas remuneradas es dispareja: de cada 100, solamente 42 mujeres frente a 52 hombres. La Tasa de Participación Económica (que mide la participación de la población en el mercado de trabajo) es mucho más desigual: 77.5% para los hombres, únicamente 43.7% para las mujeres. Y vaya que si las mujeres aportan a la economía nacional. Un factor que hasta hace algunos años no era considerado al hablar del Producto Interno Bruto es el Trabajo No Remunerado Doméstico y de Cuidado de los Hogares. Este es equivalente a un 23% del PIB, más de una quinta parte. ¿Y quién cree usted, querido lector, que lo pone? Mayoritariamente las mujeres: tres cuartas partes, lo que quiere decir que el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres en México representa el 17.2% del valor de la economía nacional.


La desigualdad prohija la violencia: el 44% de las mujeres en México reportan haber sido víctimas de algún tipo de violencia emocional, económica, física o sexual por parte de su pareja a lo largo de sus vidas. De ellas, más de la mitad no deja la relación porque no cuenta con los recursos económicos para hacerlo. Así se cierra el círculo perverso: cuando la mujer no tiene igualdad de oportunidades para ganarse libremente la vida, termina teniendo que aceptar condiciones de violencia en su propio hogar, por parte de su pareja.


He buscado concentrarme hoy, apreciados lectores, en aquellos aspectos menos “noticiosos”, menos escandalosos, de la violencia en contra de las mujeres en nuestro país. No son tan llamativos como las cifras de asesinatos, violaciones, desapariciones, acoso sexual y laboral, que son los que ocupan la mayor atención mediática y que justificadamente han dado pie a numerosas manifestaciones de protesta alrededor del país. Lo he hecho así primero porque me parece que la violencia de género (al igual que la violencia o discriminación racial) es ante todo reflejo de un profundo desequilibrio de poder. Esa brecha, esa carencia de poder es la que hace posible el maltrato, la discriminación, la violencia en todas sus execrables formas.


Las jornadas recientes de protesta se vieron salpicadas por actos aislados de violencia y de lo que comúnmente se denomina vandalismo. Hubo quienes se enfocaron casi exclusivamente en las pintas y los daños a una estación de policía, otra del Metrobús y las afectaciones a la columna del Ángel de la Independencia, que consideran que esos actos vandálicos merecen igual atención de las autoridades que la violencia que sufren las mujeres cotidianamente, que le restan legitimidad a sus protestas y exigencias.
Yo discrepo. La violencia contra las mujeres es una aberración que debemos eliminar de nuestra sociedad. No será con apego a un manual de buenas costumbres como las mujeres que salen a la calle a exigir justicia serán atendidas, eso ya lo hemos visto. Y para vandalismo, el que millones de ellas sufren cotidianamente en sus personas, que a diferencia de edificios o monumentos no se pueden resanar ni reparar.

 

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