Cultura Editorial

Sólo para los locos

Cuando estaba en la preparatoria, una compañera llegó con la novedad de un libro extrañísimo. “Dicen que si lo lees, te vuelves loco”. Me quedé, como en las tiras cómicas, atónita. Claro que yo tenía que leerlo. La tentación era más que una obviedad. Ella me prestó su ejemplar. Se trataba de El lobo estepario del nobel alemán Hermann Hesse. Nunca había escuchado de él. Muchos libros me llegaban así, por préstamos, por referencias en otros libros o en películas. Nadie me decía que leer. Así que con angustia, miedo y morbo comencé el famoso Lobo, que lanzaba una advertencia en sus primeras páginas: “Sólo para los locos”.

Lamento la decepción, pero no enloquecí al terminar la novela. Esperaba, con la ingenuidad que tienen los quinceañeros, que en algún momento la demencia llegara. ¿Me volveré loca en esta parte? No. ¿En esta otra? Tampoco. Y ¡Pum! Se acabó. Me habían estafado. Pero luego entendí el juego. Supe de cuál locura hablaba Hermann Hesse y quise leer todo lo que pudiera de él. Me había sorprendido su capacidad de construir aforismos, las frases inteligentes y los personajes extraños. Luego me di cuenta que era un autor bastante popular entre los adolescentes, o al menos los adolescentes lectores que yo conocía.

Mi siguiente novela fue Demian. Recuerdo que saqué de la biblioteca un ejemplar viejo y deshojado. Me sentía tan iluminada, que cada que podía regalaba ese libro a mis amigos. Después vino a mí Siddhartha y luego un inquietante libro de poesía, pero esa es ya otra historia. Al año siguiente entré a la licenciatura en Letras Españolas. Muchos de mis compañeros conocían a Hermann Hesse y algunos seguían leyendo sus obras. Les llamaban “novelas de formación”, es decir, estos libros donde un personaje pasaba de la infancia a la adolescencia, como Retrato del artista adolescente de Joyce o algunas obras de Dickens. Era más o menos común que en algunas preparatorias abordaran estos libros y se leyeran. Pero los tiempos han cambiado.

De unos años para acá se inventó el “género” (lo pongo entre comillas porque me resisto a pensar que es así) de “literatura juvenil”. Tengo una lista de quejas sobre esto. Primero: la literatura es literatura y punto. Los cuentos de hadas, por mencionar un ejemplo, no fueron propiamente escritos para niños, pero los niños adoptaron este género como una lectura de su gusto. Dumas, Salgari, Verne, tampoco escribieron para “jóvenes” o personas que inician en la lectura; sin embargo los jóvenes adoptaron estos libros como las obras de su preferencia. Con la llegada de los bestsellers como Harry Potter, la industria editorial notó que ese público infantil y juvenil (que estaba abandonado en un sentido mercantil) podía dejar jugosas ganancias. Le apostaron con todo y en poco tiempo salieron cantidades tremendas de libros y autores de todo tipo, desde lo más insípido y tonto hasta lo más brillante y sorprendente. Esto afectó, por supuesto, a los lectores. En un principio se decía que estaba bien, que leyeran “lo que sea” pero que leyeran, que ya con el tiempo se modificaría su gusto literario. Lamento decir: oh, error.

Desde hace cinco años me dedico a la docencia en varias escuelas y he notado algo que me entristece. Gran parte de estos libros “diseñados para jóvenes”, son obras fáciles de leer, ultra digeridas, con un lenguaje llano y pobre. Son repetitivas (por si no pones atención en alguna parte te vuelven a repetir la trama), no te hacen pensar nada ni te provocan preguntas. Me molesta que las editoriales hagan creer a la gente que los jóvenes tienen que leer algo así porque no pueden con otro tipo de lectura. ¡Mentira! Si alguien tiene el mundo frente a sí es un joven.

Hay toda una campaña para hacernos pensar que “leer es bueno”, “leer te hace inteligente” y otras boberías. Pero el tipo de libro sí que importa. Mis estudiantes tienen problemas para entender la ironía o el lenguaje figurado. Sé que hay obras muy difíciles y otras más amables. Pero me han reclamado hasta por poner en clase los cuentos de Gulliver (que porque son complejos). Los estudiantes tienen mucha capacidad para leer esto y más, sólo que no se ha trabajado con ellos en la escuela ni en la casa. Estos libros vacíos, confieso, hacen más pesado el trabajo.

 Entonces se me ocurrió hacer un experimento. En los grupos donde imparto clase pregunto: ¿Quién conoce a Edgar Allan Poe? Algunos levantan la mano (cada año son menos). Pregunto: ¿Quién conoce a Hermann Hesse? En los dos últimos grupos (ambos de 40 personas aproximadamente que llegan a la universidad a estudiar literatura) sólo han levantado la mano dos o tres. Al preguntarles por sus lecturas yo soy la que me quedo con cara de neófita porque casi ninguno de los autores mencionados me suena conocido. En general, cuando los estudiantes más jóvenes leen a Hermann Hesse les gusta y les emociona. Eso significa que tal vez sigue siendo un autor vigente, solo un tanto olvidado, porque ahora la industria editorial ofrece incontables novedades. A ver este año cómo nos va.

Me gustaría recordarles a los lectores, especialmente a los más noveles, que pueden leer lo que sea. Que no necesitamos que nadie nos “diseñe” un tipo de lectura “digerible” para nosotros. Ser lector es desenvainar la espada y aventurarse. No pasa nada si no entendemos a la primera o si algo no nos gusta. Hagámonos preguntas, como los personajes de Hesse, ¿quién soy?, ¿por qué no soy feliz?, ¿qué quiero hacer de mi vida? La edad no determina el libro, la inquietud sí. No satanizo estas producciones actuales, hay obras valiosas en el mercado, por supuesto, pero que nadie les haga creer que existe un solo camino. Luchemos por nuestro derecho a pensar, a reflexionar, a imaginar. Así tendremos los cimientos para hacer otros mundos posibles.

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

Escritora egresada de la UA de C

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