Cultura Editorial

“Souvenirs” de Laserre

Escrito por Armando Guerra

A principios de los años ochenta, una mañana me habló por teléfono un amigo y me dijo que acababa de llegar a París y que iba con una delegación de diputados del Congreso que iban a festejar no sé qué cosa a Bulgaria. Y mi amigo decidió invitarlos a cenar al mejor restaurante de París, en ese momento. 

Le dije que se tenían que hacer reservaciones con dos meses de anticipaciones pero me pidió usara la Embajada para conseguir lugar. Le dije que lo intentaría, y él me dijo “contigo seríamos doce personas”.

Hablé al restaurante Laserre en nombre de la Embajada y, por atención a nuestro país y a los invitados que llevaría, nos hicieron la reservación y pondrían mesas juntas para estar todos muy cómodos.
Le hablé a mi amigo al hotel y le comuniqué que estaba lista la reservación y que teníamos que llegar a las 8 de la noche en punto y todos de traje. Me dijo que él se encargaría de todo. Pasé por ellos al muy conocido (y muy caro) hotel George V.

Al llegar, en taxi, vi al grupo y solo mi amigo llevaba traje. El resto de los diputados, de todas las fracciones, iban en chamarras de cuero, botas y chaquetas de colores. Sorprendido, le dije a mi amigo que no nos iban a dejar entrar.

Llegamos al restaurante, cuya atracción, además de la excelente comida, era que se abría el techo y se veía el cielo lleno de estrellas, y otra curiosidad, ninguna mesa ni ninguna silla eran iguales. Era algo impactante y maravilloso.

Dicho y pensado, al llegar y bajarnos de los taxis, no nos dejaron entrar. Ya para ese momento los diputados se dieron cuenta del error cometido al no querer usar traje porque “un diputado entra donde sea”… pues ahí no.

Hablé con el gerente y le pedí que nos dejara entrar, y accedió, pero con una condición: que mis acompañantes usaran sacos y corbatas que proporcionaría el restaurante. Lo consulté con todos y estuvieron de acuerdo. La escena parecía de película cómica muda. Entraban los diputados por una puerta y salían por otra con unos sacos azul cielo de todos tamaños; a unos ni se les veían las manos de lo largas que les quedaban las mangas, y las corbatas eran, también, azul celeste.

Entramos al restaurante y yo, muerto de vergüenza, encabecé la marcha. Todos los clientes del restaurante nos veían pues parecíamos una banda de músicos en terrible decadencia.

Llegamos a nuestra mesa y nos sentamos. El capitán sugirió leer primero el menú para ver qué pedirían y en base a eso pedir un cocktail, para no enfriar las papilas gustativas. Les traduje y todos se negaron, ellos tomaban whisky con hielo y agua mineral. Le pedí al capitán que les trajera eso y no les preguntara ni sugiriera ya nada. Él comprendió y así lo hizo.

Sobre la mesa había unos ceniceros de cobre en forma de sartenes pequeños, y antes de terminar de sentarnos, ya habían desaparecido. El capitán vio el hecho y ordenó pusieran nuevos ceniceros. Al ponerlos, mágicamente volvieron a desaparecer. Ninguno de los meseros se inmutó y volvieron a poner ceniceros.

Después de dos o tres whiskys, todos comieron un jugoso filete con papas “a la francesa”. Se consumieron varias botellas de vino que, sin degustar, se pedían mirando el menú a la derecha, donde estaba el precio. El más caro era el solicitado.

Por fin terminó aquel suceso. Trajeron la cuenta. El costo a pagar era lo que yo habría ganado en un año o dos.

Lo más penoso fue que, al final de la cuenta, se cargaron 30 ceniceros de cobre, como “souvenir” del restaurante. Fueron los “souvenirs” de París más caros de que yo haya tenido noticia en mis 10 años de residencia en esa ciudad.

Acerca del autor

Armando Guerra

Deja un comentario