Cultura Editorial

Tito y los cómics

Escrito por Armando Guerra

Cuando trabajé con Luis Guillermo Piazza en la Editorial Novaro, como subdirector Editorial, me tocó conocer a mucha gente interesante que tenía trabajo en esa compañía. Cuando llegué ahí, lo primero que hizo Piazza fue darme un recorrido por todas las instalaciones. Yo que pensaba que sólo se editaban libros me quedé sorprendido al descubrir que la mayor parte del equipo y de las oficinas estaba dedicado a la publicación de los cómics, los «monitos», como los llamábamos de niños y los veíamos en los estanquillos de las calles.

Me acuerdo de todos los monitos que veía a la vuelta de mi casa, en Saltillo, cuando iba al local de don Luis, que vendía refrescos, papitas y, claro, los monitos, a 80 centavos, y más barato me salía rentarlos, es decir leerlos ahí, en la única mesa que tenía el lugar, con sólo dos sillas. Compraba un refresco y alquilaba los cuentos nuevos que llegaban cada ocho días, los jueves. Superman, el Hombre-araña, La pequeña Lulú, y tantos y tantos otros, era fantástico: dos Luis me dejaba seleccionar de un montón de historietas, alquilaba cuatro «cuentos» y los leía mientras me tomaba un refresco: una maravilla a los siete años de edad.

Cuando descubrí, años después, que ahí donde yo trabajaba se hacían todos esos cómics que hicieron la felicidad de mi infancia, me sentí muy contento.

Piazza me presentó, entre otras personas, a Tito Monterroso, un guatemalteco quien era el encargado de cuidar la traducción de los textos que iban dentro de los «globos» de las historietas, es decir de «las palabras» de los superhéroes y de muchos otros personajes que me gustaban. Los textos originales venían en inglés y una legión de traductores se dedicaba a trasladar al español los diálogos y los otros textos que acompañan a las imágenes. Y Tito Monterroso era quien vigilaba que la traducción fuera adecuada para la idiosincrasia de los niños mexicanos. ¿Qué se cuidaba?, pues que no hubiera palabras o frases discriminatorias para los chicanos, por ejemplo, o simplemente que el lenguaje fuera moderado.

A mí me deslumbró conocer a Tito Monterroso, el escritor del cuento más corto del idioma español, por lo menos en aquella época y hasta inicios de nuestro siglo. Para mí, Augusto Monterroso, Tito, como todo mundo lo conocía, era sinónimo de «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí», que apareció en su famoso libro, de título genial, «Obras completas (y otros cuentos)», de 1959, y yo había leído también en esos años «La oveja negra y demás fábulas», que publicó a fines de los años 60 y que me había encantado.

Con él hice una gran amistad pues me gustaba mucho platicar con él en su oficina, no sé si era por él mismo o por lo que representaba (ser quien decidía qué dirían finalmente en español Batman y Superman). Nos reíamos mucho, entre otras cosas, de los cómics, de sus argumentos y de sus diálogos. Y ahí era donde me encontraba Piazza si me necesitaba y no me encontraba en mi lugar.

Monterroso ya murió (en el año 2003), pero tuvo una vida fructífera y con muchas condecoraciones y premios, como el Xavier Villaurrutia en el 75, el Águila Azteca en el 88, el Premio de la FIL en el 96 y el Príncipe Asturias de las Letras en el 2000.

Siempre tendré un gran recuerdo de Tito y de los cómics.

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Armando Guerra

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