Cultura Editorial

Tríptico de nostalgia

En su “Ars Poética”, Carlos Dariel lanza el primer punto como un mandamiento íntimo: “¿qué hacer con este amor / sino escribir?”. El segundo aclara: “sospecha de que no son las palabras / el poema / acaso su borde”. Esa es la sensación del encuentro con sus versos: habita el amor, el poema sugiere. Apenas y habla, pero qué cosas dice. La infancia y sus momentos que justifican la existencia. Escribir como el reflejo que nos devuelve una verdad. Los libros de cabecera que sostienen, cuando todas las otras cosas nos abruman. El agua como símbolo de vida y ocaso. El agua que salva, el agua que destruye. La sed, un estigma físico y también espiritual. Dariel posee un lenguaje que huye de términos barrocos, de imágenes solemnes, de frases complejas e imposibles. La voz poética es lacónica, busca la naturalidad de lo cotidiano. Para hablarnos de la vida recurre a la higuera, la flor, el niño en la ventana, el flash de una fotografía. De esto se trata el poemario Donde la sed (Macedonia Editores), que obtuvo el primer premio de poesía Régimen de fomento a la producción nacional 2009 del Fondo Nacional de las Artes de Argentina.

Cada poema es una escena, breve y luminosa como un relámpago. Luego viene el silencio. El poeta emprende una misión: hallar “el verdadero rostro del universo”, “el otro nombre de las cosas” o ¿será el nombre de aquello que parecía innombrable? Este planteamiento aparece en tres partes unidas, entre otros motivos, por la nostalgia. Inicia con “Museo personal”, una sección que reúne poemas sobre personajes de la historia y de la literatura: Beethoven, Girondo, Sarte, Chuang Tzu, Borges. De estos versos surgen otros de añoranza: “vuelvo a recuperar / el olor a moras de la tarde / trepo a los árboles de mi pasado”, nos dice en “Serie para un retorno”. ¿Museo personal es quizá un paseo por la galería de vivencias, libros, memorias que han formado al poeta? ¿O serán las pequeñas cosas que lo conectan con el mundo? “No se regresa / sino a la sed”, advierte.

Le sigue el apartado de “Envés”, que tiene un epígrafe de Clarice Lispector: “la palabra pescando lo que no es la palabra”, apunta. ¿Eso persigue el escritor? ¿La entrelínea que revela las nuevas posibilidades de la escritura? Aquí toman forma los deseos, los pensamientos: el agua crea su recipiente. El agua se torna lágrima, lluvia, humo. “El papel hace al escriba”, asegura. Y Envés es el poeta que escribe, el que no puede encerrar el lenguaje entre paréntesis, el que enfrenta sus batallas con el vacío. Para Carlos Dariel no estamos hechos de sueños, sino de palabras.

El libro cierra con “Los pormenores del agua”, donde el poeta plantea una exploración en la que crece la declaración de principios: “no hay lengua / ni voz / con que nombrar / la propia identidad”. Surgen el cuerpo, la conciencia, “la orfandad del llanto”, el amor, el mundo que gotea, otro día que comienza. El final del poemario es un principio, un ciclo (¿el de la vida?, ¿el del agua?). El poema “Teoría del tiempo”  comprueba que sentir lo vivido (“vuelven las cosas que tocamos/ su primer nombre”) es lo que de verdad importa:

 

una piedra es onda

cuando entra en el agua

lo mismo le sucede a tu nombre

cuando lo recuerdo

 

la voz es una mano que toca lo invisible

y es inevitable pensar en ausencia

 

la sensibilidad del terreno

decide el surco de la huella

 

el pasado aún

 

 

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

Escritora egresada de la UA de C

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