Cultura Editorial

Una maestra que nunca olvidaré

Escrito por Armando Guerra

Cuando estaba en segundo año de primaria tenía una maestra que nunca olvidare: lograba mantener la atención y la mirada de todos sus alumnos puestos en ella durante toda la mañana que duraban sus clases. La atención estaba siempre puesta en ella no por lo que nos pudiera enseñar, sino por el tino que tenía al aventar el borrador a la cabeza de quien no estuviera atento viéndola. Se llamaba Señorita Petrita. El “señorita” era sinónimo de Petrita, pues a pesar de su edad aún seguía siendo señorita, y pobre de quien la insultara diciéndole señora.

Y si no entendías al primer borradorazo en la cabeza o la frente, entonces te mandaba a “detención”, castigo que consistía en tenerte parado, con los brazos cruzados por la espalda y los ojos cerrados durante la media hora o la hora completa que durara el castigo; perdón: la detención.

Lo terrible de ese castigo era que quien vigilaba era el señor Sánchez, subdirector Lasallista del Colegio Zaragoza, quien se acercaba tanto a ti, cuando estabas parado, que podías oler la menta de su aliento, pues siempre chupaba pastillas. Al olero tan cerca, entreabrias los ojos y ¡ZAZ!, en ese momento, por abrir los ojos, te agarraba las patillas y te jalaba hacia arriba, y dolía tanto que llorabas y pataleabas pero intentando mantenerte en pie, con los ojos cerrados y con los brazos en la espalda, para que te soltara el señor Sánchez. Así aprendí que con dolor entraban las letras, y conocí el sadismo de esos profesores, señores y señoritas.

Un día a la semana había temas libres, los martes para ser exactos, y podíamos participar cuando ella, la señorita Petrita, nos “invitaba” a que opináramos sobre el tema que ella sugería. Uno de esos martes nos preguntó quiénes de nosotros habíamos viajado y conocido algunas otras ciudades, aparte de Saltillo. Me dio gusto la pregunta porque yo había estado en otras tres. Levanté la mano y, con una gran sonrisa, la señorita Petrita me preguntó en qué ciudades había estado. Le contesté que en la ciudad de México, en Acapulco y en Querétaro. “Bravo”, dijo la señorita Petrita. Y continuó con sus preguntas. “¿Y qué puedes contarnos de esas preciosas ciudades?, ¿de qué te acuerdas y qué te gustó más de ellas?” Yo, tímidamente, le contesté que no me acordaba nada de ellas pues había ido muy chico, recién nacido en realidad. Y ella, sorprendida, me preguntó, “¿Cómo que recién nacido?” Y rápido le contesté que así había sido, pues había nacido en el viaje de bodas de mis papás. Abrió tamaños ojos y casi gritando me espetó “¿Cómo fue eso?” Y le dije que así había sido. Cambió de tema y se acabó el tema libre de viajes, aun cuando varios compañeros se quedaron con ganas de contar sus experiencias.

Al día siguiente, llegué muy avergonzado a la clase pues la señorita Petrita había hablado con mi mamá y ella le explicó qué había sucedido. Mis papás se casaron un 15 de agosto y yo nací el 17 de agosto. Y como solo habían pasado dos días, supuse que había nacido en el viaje de bodas, y las ciudades que yo había mencionado eran las que mis papás nos habían contado que visitaron en su viaje. Entonces, la señorita Petrita les explicó a mis compañeros que mis papás se casaron el 15 de agosto de 1943 y yo había nacido el 17 de agosto de 1944. Un año y dos días después de la boda.

Yo siempre creí que había nacido en el viaje de bodas. Aún recuerdo las burlas de mis compañeros así como la vergüenza y la risa de mis papás.

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Armando Guerra

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