Cultura Editorial

Visiones de Alfonso Reyes

Qué difícil es hablar de Alfonso Reyes, el escritor que dejó, en sus obras reunidas, más de 25 mil páginas; el intelectual, el helenista, el traductor, el hijo que no termina de llorar por el asesinato de su padre; viajero, ateneísta, diplomático. Son demasiados epítetos que acaso logran construir una figuradistante, una sombra, una torre monumental e inalcanzable. ¿Por dónde comenzar? La crítica o, mejor dicho, la academia (por mencionar algo, pues nunca se sabe con claridad quién conforma uno y otro bando) destaca ya de manera canónica (según uno encuentra en antologías o libros de historia literaria) un texto de imposible categorización que ha ganado popularidad en los últimos años: Visión de Anáhuac. Es insostenible afirmar que este ¿poema, ensayo, relato? sea la obra representativa de nuestro autor regiomontano, pero sí contiene varias lecturas que vale la pena revisar, además de otros de sus libros, ensayos o algunas crónicas.

Visión de Anáhuac fue escrita por el Reyes joven, un hombre colocado en circunstancias muy específicas que afectaron claramente las intenciones de su trabajo literario de aquellos tiempos, una posición diferente a la de, por ejemplo, el Reyes viejo que trataba de organizar su obra en una agotadora multitud de tomos editados por el Fondo de Cultura Económica. Este escrito breve posee una poderosa cercanía al movimiento cultural en el que Reyes participó: El Ateneo de la Juventud. La agrupación se formó en 1909 y perduró hasta 1914, unos años antes de que apareciera la famosa Visión. Nombres como el de José Vasconcelos, Julio Torri, Enrique González Martínez y Martín Luis Guzmán conformaron esta asociación que tenía como principal meta el trabajo intelectual y el desarrollo de la cultura.

En medio de la agitación política e intelectual, se había instalado unos años atrás el pensamiento positivista en las universidades y en los grupos de poder. Hecho que contrasta con lo sucedido en la poesía, pues floreció una generación de autores, los llamados “modernistas”, que cambió la literatura de su tiempo y sentó las bases de las letras mexicanas durante el siglo XX. Mientras que los positivistas deseaban encuadrar todo a la rigurosidad científica y académica, los literatos trataban de generar un nuevo lenguaje culto y preciosista, que heredaron después los grupos posteriores de intelectuales. El Ateneo de la Juventud está en ese puente histórico que logró el equilibrio entre dos periodos. Ya Vasconcelos se quejaba de los marcos escolares a los que eran sometidos los muchachos estudiosos: “Todos mis compañeros escribían a base de citas y entrecomillas. Los libros del propio Caso dan fe de esta tendencia erudita. Los literatos de mi grupo no se decidían a escribir, por ejemplo, una novela”, relata en el Ulises Criollo.

De forma paralela a la vida intelectual, México era un país que aún no lograba unificarse a un siglo de la Independencia mientras que casi 70% de la población era analfabeta. Porfirio Díaz había intentado reforzar los valores patrios con los festejos, precisamente, de este Centenario de la Independencia, polémicos por ser elitistas. La tradición literaria descendía de un Romanticismo tardío que pasó aMéxico de un ya Romanticismo decadente español. No es de extrañar que los jóvenes del Ateneo quisieran renovar el espíritu nacionalista desde otras trincheras como la intelectual, la política y la literaria. Buscaban algo genuino, propio.

Es importante también resaltar que muchos de estos autores tuvieron acceso a la educación fuera de México, como fue el caso de Alfonso Reyes. Como ya se sabe, su padre fue un político de altos vuelos: Bernardo Reyes, quien murió asesinado en la Decena Trágica, suceso doloroso que el regio relata en su Oración del 9 de febrero:

 

Con la desaparición de mi padre, muchos, entre amigos y adversarios, sintieron que desaparecía una de las pocas voluntades capaces, en aquel instante, de conjurar los destinos. Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a desangrarse para muchos años, toda la patria. Después me fui rehaciendo como pude, como se rehacen para andar y correr esos pobres perros de la calle a los que un vehículo destroza una pata; como aprenden a trinchar con una sola mano los mancos;como aprenden los monjes a vivir sin el mundo, a comer sin sal los enfermos. Y entonces, de mi mutilación saqué fuerzas.

 

Durante varios años, Reyes estuvo en Europa, en un principio apoyado por el gobierno de Victoriano Huerta, después de que éste fuera derrocado, vivió del oficio de traductor y escritor. Es por estos años, y en medio de este contexto tan difícil de asimilar, que escribe la Visión de Anáhuac. Adolfo Castañón señala, en su libro Alfonso Reyes: caballero de la voz errante que dado a las circunstancias, la misión de los escritores mexicanos de ese tiempo “se planteaba como un llamado a la (re)fundación de la ciudad como una vocación de renacimiento colectivo”. Además seguía presente la batalla contra el positivismo y es por eso que los autores rompían con la rigidez de los “géneros literarios”, era como una demostración de que la palabra tenía mayores alcances y de que se podía construir la literatura desde la poesía, el relato, la recreación, o sea aquello que era incierto, móvil, libre, sin ataduras a esas incómodas comillas que le daban dolores de cabeza a Vasconcelos.

Visión de Anáhuac es un texto que en esencia conserva ese carácter rebelde, pero también goza de una elegancia entrañable, de un eco del pasado y un intenso deseo de consolidar, aunque sea desde la literatura, algo de ese México tan roto. Reyes comenta sobre esta obra: “El recuerdo de las cosas lejanas, el sentirme olvidado por mi país y la nostalgia de mi alta meseta me llevaron a escribir la Visión de Anáhuac”. El autor también sentencia: “Yo quise hacer un retablo churrigueresco, con humo de flores y torbellinos de ángeles y pájaros. No serán lo mismo los demás capítulos, ni era posible”.

Al igual que Torri, que insiste siempre en este punto, Reyes creía en el carácter erudito y de élite de la literatura. Ambos desconfiaban de los lectores numerosos y no estaban dispuestos a renunciar a su propuesta con tal de llegar al gran público. Por esta razón la Visión no es un texto del todo amable en el mejor de los sentidos. Cuesta porque no es propiamente un ensayo ni un poema ni una historia, pero al mismo tiempo sí lo es. El texto exige sensibilidad, atención, lecturas. Es un juego lírico en el que la evocación se muestra más como un lenguaje, un pretexto para construir imágenes, que como una rigurosidad fiel a la cita textual, al dato duro. Un primer ejemplo de ello es la estructura y su voz.

Camino hacia la visión

La Visión de Anáhuac está conformada por cuatro partes que bien podrían ser cantos, secciones o fragmentos. El texto comienza en 1519, año de la Conquista. En esta primera parte se siente un aire de mapas, de exotismo, como si viéramos una ilustración amplia y general y de pronto aterrizáramos en un terreno específico que es Anáhuac. “Tres razas han trabajado en ella y casi tres civilizaciones”, señala el autor. “De Nezahualcóyotl al segundo Luis de Velasco y de éste a Porfirio Díaz, parece correr la consigna de secar la tierra. Nuestro siglo nos encontró todavía echando la última palada y abriendo la última zanja”. Aquí nace una advertencia, queda claro el apunte profético de Reyes, ya anunciado en el párrafo anterior donde dice: “Pero a través de los siglos el hombre conseguirá desecar sus aguas trabajando como castor; y los colonos devastarán los bosques que rodean la morada humana, devolviendo al valle  su carácter propio y terrible”.

¿Son esos los adjetivos con los que Reyes bautiza a la futura Anáhuac, de carácter “propio y terrible”? Este lugar legendario, céntrico, representa a los mexicanos, no es sólo un sitio físico, es un espacio, un colectivo imaginario que compartimos los nacidos en este país. Reyes, aunque se formó en la Ciudad de México, es del norte y logra delinear este lugar como una marca de identidad. El lenguaje es culto y a la vez emotivo.

La segunda parte, o el segundo movimiento, como el lector guste, es un enorme paisaje, una estampa poética, una recreación del mundo prehispánico. Hay tránsito de gente, barullo en los mercados, sandalias, aves, venados, pieles, joyas. Comienza la fiesta lírica, el “mareo de los sentidos”, el color, la vida. “Si hay poesía en América”, apunta, “Ella está en el gran Moctezuma de oro… Él mismo, ¿no ha de levantar sus vestiduras para convencer a Cortés de que no es de oro?”. En este apartado escuchamos a Cortés, a Bernal Díaz del Castillo, al propio Humboldt.  Algunos textos aparecen en cuerpo aparte, a veces hay comillas a veces no, pero esta colocación intencional nos dice que es el lenguaje el que evoca, es el recuerdo quien dicta. Notamos, también, la carga de palabras que Reyes adquirió en la lectura de los cronistas, de los escritores de los siglos de oro español, de sus lecturas. Todo para recrear un gran mural literario.

El tercer apartado está dedicado, puramente, a la nostalgia por la poesía de los pueblos indígenas. Reyes lamenta, en un tono más personal y menos alegórico, la pérdida de los poemas producidos en el mundo prehispánico, ya que la poesía es el primer lenguaje de la humanidad. Para el autor conocer precisamente la poesía es escuchar el espíritu, el alma de estas culturas a las que poco se ha mirado. Reyes era admirador de la poesía indígena, lector del trabajo de Ángel María Garibay y de otros eruditos que lograron rescatar textos del olvido o de la tradición oral, pese a la “castellanización” de los textos. “Ya nos tiene muy sobre aviso aquella colección de Aztecas en que Pesado parafrasea poemas indígenas y donde la crítica ha podido descubrir ¡la influencia de Horacio en Nezahualcóyotl!”.  

Reyes termina con las siguientes palabras: “No renunciaremos –oh Keats– a ningún objeto de belleza, engendrador de eternos goces”. Los poetas prehispánicos veían, al igual que Keats (o al igual que todos los poetas) a la poesía representada en la belleza, y a su vez la belleza representada en la flor. El tránsito temporal que hace Reyes a través de la Visión de Anáhuac es más bien caleidoscópico: confunde, a veces, con sus formas. Sorprende por la fiesta, el color, la fanfarria lírica. El trasfondo es poco claro, ¿hacia dónde apuntan los caminos? Cada lectura invita a pensar de nuevo el planteamiento y las intenciones de Reyes. Nos deja una pista al final de su último canto: “La emoción histórica es parte de la vida actual, y, sin su fulgor, nuestros valles y nuestras montañas serían como un teatro sin luz”.

 

Acerca del autor

Eugenia Flores Soria

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