Cultura

El aullido de Federico Granell, por Miguel Ángel Gómez

Observemos la manera de pintar de Granell, se quita los guantes gritando feliz, tiene un estilo propio que guiña el ojo como un pájaro real y sincero, se queda largos minutos disfrutando del súbito frescor en su bosque lácteo al estilo de Dylan Thomas. Los días se desgranan limpios y desnudos de forma gradual y zumban como moscas con expresión triste. Reanudamos la marcha en un mundo extraño que se revuelve como una bestia furiosa en estos meses que pasan la raya final del terror. Bellos arroyos que dejan los calcetines mojados. En el oro de un cabello yacemos en unos brazos sin pequeño descanso. El tiempo es una alfombra radiante. Aparte de otras partes aquí leemos buena literatura, no hay calabozo que nos pregunte sin rodeos.

En los grupos de música legendarios que dicen sin voz tensa, en la poesía poderosa y solemne que no está tan lejos como pensamos, en el cine sin ronquidos que hacen retemblar los cristales, el aullido de Federico Granell está ahí. Viene desde el fondo del sueño, bien despierto, agónico, nudoso, con breves soplos de viento. El intenso artista trabaja estudiando el firmamento, con deliciosa somnolencia, con furia, sudando, resollando. ¿Dónde encontrar un bosquecillo donde todo florezca, con el cuerpo revigorizado y las piernas mejor? Bajo la nebulosa luna… ¿no lo oyes? El afortunado aullido de Federico Granell no se extinguirá.

Miguel Ángel Gómez es un escritor español y columnista en 7 de Junio.

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